sábado, 30 de abril de 2011

Que suene la orquesta


Páginas y páginas dedicadas a "la boda". Grandes reportajes sobre vestidos y tocados. ¿Era adecuado que Catalina llevase el pelo suelto? Un poco más adelante, Mou, Pep, Pepe y "el clásico". También se habla del paro, pero sólo un poquito. Así viene la prensa esta mañana.
Mientras el barco se hundía, la orquesta del Titanic tocaba y tocaba para anestesiar a los pasajeros de primera clase. 

Vencer a la burocracia

Hoy tengo un día complicado y no estoy para hacer literatura. Así que os pongo un vídeo la mar de majo. Que os cunda, que diría Antuán.

video

viernes, 29 de abril de 2011

Dudas de fin de curso



Elena y Alfonso dicen que no son novios, sino que tienen “una relación estable, pero sólo de momento, o sea sin compromiso, pero en serio, ¿me entiendes?”.
Les respondo que les entiendo provisionalmente pero no del todo y pasamos a la cuestión que les ha traído a capellanía.
Resulta que están a punto de acabar las clases, terminan el bachillerato y aún no han decidido qué van a estudiar. Tienen “mogollón” de dudas.
—Habrá algo que te guste —le digo a Elena—.
—Sí, bailar.
—¿Qué tipo de baile?
—Algo romántico.
—¿Y a ti qué te gusta?
—A mí el cine.
—¿Ser director de cine?
—No, actor. Hacer pelis en América.
A Alfonso, que es redondo, breve de estatura y con carita de empanada, le gustaría ser Indiana Jones; pero lo único evidente es que estudiar, lo que se dice estudiar, ni a él ni a ella les apetece lo más mínimo. Y su razonamiento es contundente.
—Tendremos que hacer algo que nos guste. Y estudiar es horrible.
He tratado en vano que entiendan que la vida es otra cosa; que uno empieza a estudiar porque debe hacerlo, no por gusto, y sólo cuando te has desgastado los codos de la chaqueta, empiezas a apasionarse con lo que tienes entre manos.
—¿Entonces hay que trabajar aunque no te guste?
Elena me ha mirado como si viese en mí a un torturador de adolescentes.
Para que os voy a contar el resto de la conversación.

 

jueves, 28 de abril de 2011

Reflexiones de Kloster sobre..., lo de ayer


  • “No es que tenga una altísima opinión de sí mismo, es que la tiene bajísima de los demás”. (Montanelli). Lo escribió en 1957; por tanto no hablaba de Mourinho.
  • Si sólo buscas el 0-0 lo más probable es que alcances la primera parte de tu objetivo. La segunda depende de Messi.
  • Entre Pep y Pepe hay una enorme pequeña diferencia. 
  • 27 de abril. Nuestra Señora de Montserrat, Patrona de Cataluña. 
  • El balón sí que me pareció imparcial.

miércoles, 27 de abril de 2011

Contento como unas Pascuas

Algo dije ya de este personaje. He aquí la historia completa. 


Tiene ochenta y muchos años y me autoriza a contar su historia con tal de que no ponga su nombre. Viene a hablar de sus dos nietos, pero su locuacidad nos lleva muy lejos. Dice que está contento “como unas Pascuas”.
―¿Por qué no voy a estarlo si tengo de todo?
Puntualiza que no se priva de nada: tiene un marcapasos en el corazón, que funciona “divinamente”; un par de rodillas “postizas”, que no le duelen porque no son suyas…
―A veces  parece como si dolieran, pero no puede ser verdad. Por tanto no me quejo.
También sufre una diabetes antigua a la que ha cogido cariño “porque lleva conmigo muchos años”. Ve poco ―cada día menos―, pero lo suficiente para seguir leyendo y olvidar la televisión. Y como el médico no le deja aumentar de peso ―”si engordo se me descomponen los engranajes”―, se siente ligero con sus cincuenta y tantos kilos y su peculiar sentido del humor.
―Tengo que dar muchas gracias a Dios. No me falta de nada.
Me mira de frente como sólo saben mirar los viejitos buenos y los niños malos.
―Mis nietos están siempre enchufados a alguna maquinita. Y no es que me parezcan mal. Es el exceso lo que los atonta. Yo también tengo teléfono móvil; lo que pasa es que lo pierdo continuamente y tengo que pedir a mi mujer que me llame para ver por dónde suena. Ayer mismo lo encontré en la caja de las galletas. Se conoce que había ido a robar una o dos a media mañana ―el médico me deja, pero mi mujer no ―,  y con las prisas, metí dentro el teléfono. Menuda regañina me cayó.
Hace una pausa y yo trato de enderezar la conversación hacia nuestro asunto. Se ve que le cuesta hablar de los padres de sus nietos, de su hija, que está separada y vive fuera de España, casada por lo civil.
―Me enfado con Dios muchas veces; pero son sólo peleas de amigos. Luego nos pedimos perdón (sic) y santas Pascuas. Yo pido a Dios que traiga a mi hija unos días, aunque sólo sea para que vea a sus chicos alguna vez. Están aquí, y si no fuera por las maquinitas… Es que el mundo no anda bien. Ya cambiará. Yo he vivido muchos años y sé que nada es definitivo.
De pronto se engancha con las noticias de actualidad. Se ve que es hombre culto, de muchas lecturas bien digeridas, ágil de cabeza e infatigable devorador de periódicos. Me habla de Japón, Libia, el Próximo Oriente, China, Latinoamérica, la Unión europea… Y, cuando de pronto, salta al euro, al precio del petróleo y a las energías renovables, me echo a reír y le digo que no puede ser; que no es cierto eso de que no tiene estudios, que fue tractorista y camionero en su juventud.
―Es que la enfermedad da para mucho ―se justifica―. He tenido tiempo para leer, para pensar y para hablar con el de arriba. Ahora, con los años, Dios me ha concedido la gracia más grande: la de ser un escéptico.
―¿Escéptico?
―Es que no creo en casi nada. Desconfío del progreso, de las nuevas tecnologías y de la arrogancia de los ideólogos. No sé si dentro de veinte años Europa seguirá siendo Europa, y la verdad, me importa un pito. Durante siglos los hombres se dispersaron por el Planeta y dieron origen a multitud de lenguas y razas. Ahora ha empezado el regreso. Volvemos a encontrarnos, y si nos mezclamos bien al fin habrá sólo una raza, igual que en el Paraíso. Y llegará Jesucristo sobre las nubes del Cielo, y con él, el fin del mundo.
Se queda callado unos segundos para tomar aliento y para mirarme de reojo, a ver qué cara pongo. Al fin dice:
―Tampoco me importa la salud. Soy muy pesimista sobre la marcha del mundo; pero Dios me hace vivir de esperanza. Todo lo que tengo es un regalo suyo. Él es mi marcapasos. Cuando se pare, “hasta luego, Lucas”. O sea que soy feliz.
―¿Cómo unas Pascuas?
―Eso, como una Pascua florida. 


martes, 26 de abril de 2011

La vida, la muerte y los signos de puntuación

Me he topado con este vídeo tan dulce sobre la muerte y la vida eterna, y aunque estemos en Pascua, que es tiempo de alegría, he pedido permiso al jefe para subirlo al bloglobo. Procede de una película pesada, pero interesante, y a mi modo de ver, tierna: "Amar la vida". Trata de una distinguida profesora de literatura de la Universidad a la que le sobreviene un cáncer. Durante el periodo de tratamiento va recordando su vida. Es casi un monólogo de esta conocida actriz, el segundo personaje es su vieja y admirada profesora. A.S

Quid me alta silentia cogis rumpere?, dice el Búho




¿Por qué me tientas para que rompa mi silencio?
En esta ocasión la traducción no es literal, pero sí oportuna. Me lo dijo el búho cuando íbamos a comenzar el curso de retiro. Y es que aún no había empezado el silencio y ya sentía la tentación de hacerlo añicos.
Los que me conocen saben que soy persona difícilmente “callable”; pero también es cierto que, con el paso de los años, uno empieza a hartarse de su propia verborrea y necesita enmudecer de vez en cuando.
Me propuse no escribir nada en el globo; pero casi inmediatamente comprendí que meditar delante del teclado no altera para nada el silencio. Al contrario; le da sentido. Ayuda a tener la cabeza y el corazón en lo único importante. Por eso escribí sobre la Pasión.
No me tentó el ruiseñor con su incansable canto nocturno, ni la final de la copa del Rey, que se jugó uno de aquellos días. Las auténticas tentaciones venían de “los demás”: Somos una familia tan numerosa… ¿Por qué no aprovechar esos días para recordar con José María los viejos tiempos vividos en Valencia, para hablar de pájaros con Blas, que es más de campo que un olivo, o de cualquier cosa con Dani…?
Volví a Madrid con el coche nuevo. Por los altavoces se oía un concierto para arpa y orquesta. El sonido del arpa es como una lluvia, como un goteo de notas sobre una laguna, como un silencio sonoro que sosiega el alma.

lunes, 25 de abril de 2011

Los lunes...

Y este anuncio de Nokia tampoco está mal.

Esta peli está muy bien

Dura 11 minutos y vale la pena verla a toda pantalla, aunque no sea publicidad.

 

Los lunes, publicidad. El salpicadero

¿Por qué se llamará salpicadero al salpicadero? No veo que salpique nada. El del coche que acabo de estrenar tiene de todo. He necesitado más de media hora para aprender el manejo de los instrumentos, configurar los distintos aparatos electrónicos y sentirme, al fin, dueño y señor de una especie de cápsula espacial. Sólo echo de menos las armas de destrucción másiva. Un día de estos caerá sobre la reluciente carrocería un obsequio orgánico de origen pajaril y dejaré de sentirme como un niño con zapatos nuevos; unos zapatos acharolados, llenos de luces seductoras.
Debo decir, en honor a la verdad, que, gracias a una lectora y comentarista del globo, he logrado hacerme con el vehículo en condiciones óptimas.
Sin embargo esta noche he soñado con el Polo. Me llamaba desde el más allá para reprocharme que le haya traicionado con un citroen.
Por cierto, ¿a dónde van los coches que han salido malos? ¿Tienen su propio Purgatorio? ¿Tal vez en Boceguillas? 

domingo, 24 de abril de 2011

Primavera

Ya está aquí. En el jardín de Valdelafuente hay tres parejas de ruiseñores, que cantan y cantan.,. Y Dani me envía esta foto de dos abubillas que juegan en el cielo

sábado, 23 de abril de 2011

El Papa en el Colosseo.


Palabras del Santo Padre al final del Via Crucis del Viernes Santo 2011

Queridos hermanos y hermanas:
Esta noche hemos acompañado en la fe a Jesús en el recorrido del último trecho de su camino terrenal, el más doloroso, el del Calvario. Hemos escuchado el clamor de la muchedumbre, las palabras de condena, las burlas de los soldados, el llanto de la Virgen María y de las mujeres. Ahora estamos sumidos en el silencio de esta noche, en el silencio de la cruz, en el silencio de la muerte. Es un silencio que lleva consigo el peso del dolor del hombre rechazado, oprimido y aplastado; el peso del pecado que le desfigura el rostro, el peso del mal. Esta noche hemos revivido, en lo profundo de nuestro corazón, el drama de Jesús, cargado del dolor, del mal y del pecado del hombre.
¿Qué queda ahora ante nuestros ojos? Queda un Crucifijo, una Cruz elevada sobre el Gólgota, una Cruz que parece señalar la derrota definitiva de Aquél que había traído la luz a quien estaba sumido en la oscuridad, de Aquél que había hablado de la fuerza del perdón y de la misericordia, que había invitado a creer en el amor infinito de Dios por cada persona humana. Despreciado y rechazado por los hombres, está ante nosotros el "varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos, despreciado y evitado de los hombres, ante el cual se ocultaban los rostros" (Isaías 53, 3).
Pero miremos bien a este hombre crucificado entre la tierra y el cielo, contemplémosle con una mirada más profunda, y descubriremos que la Cruz no es el signo de la victoria de la muerte, del pecado y del mal, sino el signo luminoso del amor, más aún, de la inmensidad del amor de Dios, de aquello que jamás habríamos podido pedir, imaginar o esperar: Dios se ha inclinado ante nosotros, se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos la mano y alzarnos hacia él, para llevarnos hasta él. La Cruz nos habla de la fe en el poder de este amor, nos invita a creer que en cada situación de nuestra vida, de la historia, del mundo, Dios es capaz de vencer la muerte, el pecado, el mal, y darnos una vida nueva, resucitada. En la muerte en cruz del Hijo de Dios, está la semilla de una nueva esperanza de vida, como el grano que muere dentro de la tierra.
En esta noche cargada de silencio, cargada de esperanza, resuena la invitación que Dios nos dirige a través de las palabras de san Agustín: "Tened fe. Vosotros vendréis a mí y gustaréis los bienes de mi mesa, así como yo no he rechazado saborear los males de la vuestra... Os he prometido la vida... Como anticipo os he dado mi muerte, como si os dijera: 'Mirad, yo os invito a participar en mi vida... Una vida donde nadie muere, una vida verdaderamente feliz, donde el alimento no perece, repara las fuerzas y nunca se agota. Ved a qué os invito... a la amistad con el Padre y el Espíritu Santo, a la cena eterna, a ser hermanos míos..., a participar en mi vida'" (cf. Sermón 231, 5).
Fijemos nuestra mirada en Jesús crucificado y pidamos en la oración: Ilumina, Señor, nuestro corazón, para que podamos seguirte por el camino de la Cruz; haz morir en nosotros el "hombre viejo", atado al egoísmo, al mal, al pecado, y haznos "hombres nuevos", hombres y mujeres santos, transformados y animados por tu amor.
 

Continuará…



El año próximo, si el globo sigue vivo y su piloto no se raja, contaremos historias de la Pascua. El Viernes Santo sólo es el principio.
De momento, tomaré aliento. Esta noche termina el curso de retiro con lo que San Agustín llamó "la madre de todas las Vigilias".
Felicidades a todos. Jesucristo ha resucitado y sigue entre nosotros. La Pascua no termina jamás.

viernes, 22 de abril de 2011

Desde la Cruz (y VIII)



En tus manos...


Me encontraba a veinte o treinta metros de la cruz rodeado de una multitud abigarrada y sudorosa. Había amigos, discípulos de Jesús, curiosos, enfermos que aún esperaban curarse tocando el cuerpo del Señor, familiares llegados de Galilea, amigos y enemigos, soldados romanos, guardias del Templo... Algunos vociferaban insultos a los crucificados; otros lloraban a gritos o en silencio. Los soldados, que estaban allí para impedirnos el paso, bebían, jugaban a los dados y contaban chistes groseros entre carcajadas desmedidas. Jesús ya no hablaba; había cerrado los ojos y tenía la cabeza caída de frente, hasta tocar el pecho con su barba. Alguien sugirió que había muerto.
Yo no podía creerlo; aún conservaba la esperanza de que hiciera su último y definitivo milagro bajando de la cruz en un alarde de poder y majestad. ¿No había caminado sobre las aguas encrespadas del Mar de Tiberíades? ¿No nos había llamado “hombres de poca fe” al vernos temblar de miedo? ¿Por qué no podía ocurrir lo mismo otra vez?
Lo había visto dormir en la popa de mi barca, rendido por el cansancio, y tuve que despertarlo a empellones para evitar que naufragáramos. ¿Debía hacer lo mismo ahora? ¿Tendría que correr hacia Él, abrazarme a sus piernas destrozadas y pedirle a gritos que nos salvara? ¿Acaso no comprendía el Maestro que su muerte sería nuestra propia muerte?
De pronto se levanto el siroco, el viento sucio del desierto que deja el cielo enlutado con crespones negros. Bajó bruscamente la temperatura y sentimos el escalofrío del miedo. Las mujeres, temerosas, se cubrieron el rostro y los pájaros carroñeros graznaron con más fuerza revoloteando sobre las cruces como si presintieran algo.
―Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Las últimas palabras de Jesús se oyeron con toda claridad. Ningún moribundo es capaz de hablar con tanta potencia. Tal vez el Señor quería recordarnos aquello que le oímos en otro tiempo:
―Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo.
Pero allí, a pocos metros de la cruz de Jesús no fui capaz de recordar las promesas del maestro. Jesús moría, y con Él morían todos nuestros sueños: el Reino de Dios, las restauración de Israel, la victoria sobre nuestros enemigos, la curación de las enfermedades, la resurrección de los muertos, la venida del Espíritu, el agua viva… 
Poco tiempo antes, en la sinagoga de Cafarnaúm Jesús había preguntado a los Doce si queríamos abandonar también nosotros. Yo salté como un resorte:
―¿A quién iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!
En la cima del Gólgota volví a preguntármelo: ahora que todo ha terminado, ¿a quién iremos?
María se dio la vuelta en ese instante y me vio. Estaba triste, pero serena. Los soldados me permitieron acercarme a ella, y comprobé que era imposible aguantar su mirada. Allá, en el fondo de sus ojos, se adivinaba la chispa divina de los ojos de su Hijo. Me sujetó del brazo. Ella temblaba como una hoja, pero acercó sus labios a mi oído y me dijo en voz baja, como una caricia:
―Pedro, no tengas miedo. Tú eres la roca. Espera y confía.

Vacaciones en vela


Los lectores se me han ido de vacaciones. Me los imagino gozando de un merecido (o inmerecido) descanso en playas, ciudades y montañas. Hoy  el número de visitantes del globo ha quedado en el 20 por ciento de lo habitual. Yo sigo aquí con la esperanza de que, a la vuelta, leáis los 8 comentarios de la Pasión (aún falta el de mañana) y me digáis si esta aproximación novelada a la cruz os ha servido para algo.
Escribo estas líneas frente al "monumento" cuajado de flores y luces donde el Señor permanecerá en vela toda la noche. Es un recuerdo de aquella noche triste de amor, sueño y traiciones, en la que los apóstoles, recién ordenados sacerdotes y obispos,  durmieron a pierna suelta en Getsemaní y no supieron hacer compañía a Jesús. ¡Si hubieran sabido lo que estaba en juego!
Los asistentes al curso de retiro nos turnamos para que el Señor siempre esté acompañado, aunque, como yo esta noche, apenas seamos capaces de bostezar unas torpes jaculatorias.

jueves, 21 de abril de 2011

Desde la Cruz (VII)


Consumatum est! 

Llevo más de quince años sirviendo al César con las armas, y muy pronto me llegará la hora del retiro. He combatido cientos de batallas en la Galia, en África, en las tierras frías del Norte y en Oriente. Mi cuerpo está lleno de cicatrices, y sé que ya no tengo el vigor ni el coraje de mi juventud. Durante este tiempo he oído gritar en todas las lenguas y todos los acentos. Gritos de horror y de muerte; gritos de angustia y soledad; gritos de súplica, de rabia, de odio… También gritos de triunfo. Yo mismo he alzado la voz muchas veces con orgullo al terminar una campaña:
Consumatum est! ¡Misión cumplida!
Esta tarde he vuelto a oír ese grito en labios del Nazareno. Estaba a punto de morir. Derrotado en su cruz, solo y abandonado por todos. No entiendo cómo ha podido salir una voz tan poderosa y profunda de un pecho consumido y sin aliento.
Los soldados de la guardia nos hemos puesto en pie. No necesitábamos conocer la lengua de los judíos para entender el sentido de aquel grito: no era el gemido de un agonizante ni el lamento de un reo; era el rugido del león que ha capturado su presa; el del luchador que ha derribado a su enemigo después de una dura pelea.
Entre un millar de voces sé distinguir con toda nitidez el grito jubiloso de la victoria.

miércoles, 20 de abril de 2011

Desde la Cruz (VI)

La sed


No tengo nombre. He pasado por el Evangelio como una sombra. Juan, que puso por escrito mi primer encuentro con Jesús, no quiso infamarme revelando mi identidad. Quizá pensó que era mejor hablar del pecado sin mentar al pecador, y yo, bien lo sabe Dios, fui una gran pecadora.
Ha pasado mucho tiempo. Escribir ahora mi nombre de pila no añadiría nada a lo que he sido. Llamadme sólo “la Samaritana”; así me conoce todo el mundo. Con este apelativo genérico, quienes lean mi historia pueden imaginar que no soy nadie; si acaso, un una alegoría, un género literario o un espejo donde cada uno puede ver reflejado su propio rostro.
Dos años después de mi primer diálogo con Jesús, decidí abandonar la tierra de mis padres para buscar a Cristo. Recorrí en vano toda la provincia de Galilea; regresé a Samaria; supe que había estado en Perea, y, al fin, cerca de Jerusalén, en la aldea de Betania me dieron la peor de las noticias: el Señor había sido condenado a muerte e iba a ser crucificado en la colina del Gólgota.
Subí al Calvario deshecha en lágrimas. Jesús, colgado ya del madero, con los ojos abiertos, nos miraba. También a mí, la más despreciable de sus seguidoras.
―Tengo sed! ―exclamó―.
Un soldado le acercó a sus labios resecos una esponja humedecida en vinagre, como suele hacerse para aliviar la sed de los crucificados; pero Jesús la rechazó. ¿Qué significaba, entonces, aquella queja?
Me vino a la memoria nuestro primer encuentro en Sicar. También entonces Jesús dijo tener sed. Yo había acudido al pozo y me pidió un vaso de agua, que no bebió. Al contrario, apeló a mi propia sed, ésa que no la sacia ningún manantial de este mundo y que yo sentía desde años atrás: sed de amor auténtico, de pureza, de una vida fecunda. Me habló del agua viva, de un torrente que salta hasta la vida eterna. Y acabé pidiéndole un vaso de aquella agua.
En el Gólgota se repitió la historia. Jesús tenía sed de mí y me invitaba a aplacar mi propia ansiedad bebiendo del agua que manaba de su costado abierto. Así entendí que la Cruz de Cristo no es sólo un instrumento de tortura y de muerte, sino una fuente inagotable capaz de calmar la sed de la humanidad entera.
¡Venid al Calvario; no tengáis miedo! Esta pecadora sin nombre ni apellido os asegura que vale la pena ser valientes y mirar a los ojos al Crucificado, que sigue teniendo sed.

martes, 19 de abril de 2011

Desde la Cruz (V)

Nicodemo en el Calvario


Me llamo Nicodemo, soy doctor de la ley, fariseo y miembro del Sanedrín. He cumplido muchos años, los necesarios para hacer balance de mi vida y sentirme satisfecho.
Esto pensaba hace sólo unos meses. Hoy reniego de todos mis privilegios. Con gusto abandonaría el Sanedrín y rechazaría ese tratamiento solemne de “Rabboni” con el que me saludan los más ilustres escribas en Jerusalén. Ahora soy sólo un viejo que ha vuelto a nacer, busca la verdad con pasión de adolescente y cree haberla encontrado en un hombre que está muriendo en la cruz.
Fui a verlo una noche. Me recibió con afecto y en pocos minutos desmontó, una por una, mis convicciones más arraigadas. Me habló de un nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu y me abrió los ojos para que entendiera las Escrituras con una luz deslumbradora.
Ayer el Sanedrín lo juzgó y pidió su condena a muerte. Yo no fui convocado. Se reunieron por la noche como los delincuentes contraviniendo las disposiciones de la Torah y se abajaron hasta el punto de entregar en manos de los gentiles a un santo de nuestra raza. Yo sabía que Caifás es cobarde; ahora veo que también es impío y traidor.
Nunca me había acercado a un crucificado; pero hoy tenía que estar aquí, en el Gólgota. Necesitaba conocer la verdad con todas sus consecuencias mirando a los ojos del Maestro. Si esa verdad me llevara a la muerte, también yo moriría con el Nazareno.
Hace unos segundos, desde esta cátedra sangrante de la cruz, ha gritado las primeras palabras del Salmo:
Eli. Elí, lama sabachtani.
Si lo han oído los sacerdotes del templo habrán temblado, como yo mismo. Jesús recitaba un canto que siempre habíamos interpretado como el lamento por las tribulaciones del pueblo de Israel. Nos equivocábamos: es el Mesías que describe su propia muerte en la Cruz y su triunfo final, que  alcanzará a todas las naciones. 
Dios mío,¿por qué me has abandonado?
¿Por qué estás lejos
de mi clamor y mis gemidos?
Te invoco de día, y no respondes,
de noche, y no encuentro descanso.
 (…)
Soy un gusano, no un hombre;
la gente me escarnece
y el pueblo me desprecia;
los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
"Confió en el Señor, que él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto".
 (…)
Yo puedo contar todos mis huesos;
ellos me miran con aire de triunfo,
se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.
(…)
Todos los que duermen en el sepulcro
se postrarán en su presencia;
todos los que bajaron a la tierra
doblarán la rodilla ante él,
y los que no tienen vida
glorificarán su poder.
Hablarán del Señor a la generación futura,
anunciarán su justicia
a los que nacerán después,
porque ésta es la obra del Señor.
Yo, Nicodemo, doctor de la ley, fariseo y miembro del Sanedrín que ha rechazado al Cristo, doblo mi rodilla ante la Cruz de mi único Rabbí.  

El imprevisto y el contratiempo

Ser dueño de la propia vida es algo que sólo se realiza por aproximación. Hay tantos cabos sueltos en el mundo y en nuestras cabezas que raramente las cosas pueden sujetarse enteramente a nuestra voluntad. No es que no podamos controlar las cosas, sí podemos, básicamente; pero no podemos controlar todas las cosas; ni siquiera podemos controlar todos los aspectos de una sola cosa. Los "controladores y controladoras" tienen un futuro tan incierto como grande es su deseo de certeza. Santo Tomás de Aquino definió la verdad como adecuación de la cosa y el intelecto. ¡Adecuación!, no identificación. Sonriamos al contratiempo, contemos con los imprevistos. A.S

video

lunes, 18 de abril de 2011

Retiro

Esta tarde empiezo mi curso de retiro en Riaza y es probable que no tenga suficiente cobertura para asomarme al globo cada día. Tal vez deba interrumpir la serie "sobre la Pasión".  
Seguiré escribiendo, por supuesto; pero quizá haya que esperar que llegue el domingo de Pascua para moderar los comentarios y poner nuevas entradas. Sorry.
 Claro que a lo mejor...


Los lunes..., aunque no sea publicidad

Últimamente hablamos mucho de Japón. Este vídeo demuestra cómo pueden tomarnos el pelo como a chinos.


domingo, 17 de abril de 2011

El Papa habla de España

Palabras del Papa en la presentación de cartas credenciales de la nueva embajadora de España ante la Santa Sede.

 Edificio de la Embajada de España ante la Santa Sede. En primer plano, la columna de la Inmaculada
Al recibir las cartas credenciales que acreditan a Vuestra Excelencia como Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria de España ante la Santa Sede, le agradezco cordialmente las palabras que ha tenido a bien dirigirme, así como el deferente saludo que me trasmite de Sus Majestades los Reyes, del Gobierno y el pueblo español. Correspondo gustosamente expresando mis mejores deseos de paz, prosperidad y bien espiritual para todos ellos, a quienes tengo muy presentes en el recuerdo y en la oración. Reciba la más cordial bienvenida al iniciar su importante quehacer en esta Misión diplomática, que cuenta con siglos de brillante historia y tantos ilustres predecesores suyos (…)
Durante mi visita he percibido muchas muestras de la vivacidad de la fe católica de esas tierras, que han visto nacer tantos santos, y que están sembradas de catedrales, centros de asistencia y de cultura, inspirados por la fecunda raigambre y fidelidad de sus habitantes a sus creencias religiosas. Esto comporta también la responsabilidad de unas Relaciones diplomáticas entre España y la Santa Sede que procuren fomentar siempre, con mutuo respeto y colaboración, dentro de la legítima autonomía en sus respectivos campos, todo aquello que suscite el bien de las personas y el desarrollo auténtico de sus derechos y libertades, que incluyen la expresión de su fe y de su conciencia, tanto en la esfera pública como en la privada.

Por su significativa trayectoria en la actividad diplomática, Vuestra Excelencia conoce bien que la Iglesia, en el ejercicio de su propia misión, busca el bien integral de cada pueblo y sus ciudadanos, actuando en el ámbito de sus competencias y respetando plenamente la autonomía de las autoridades civiles, a las que aprecia y por las que pide a Dios que ejerzan con generosidad, honradez, acierto y justicia su servicio a la sociedad (…)
El comienzo de su alta responsabilidad, Señora Embajadora, tiene lugar en una situación de gran dificultad económica de ámbito mundial que atenaza también a España, con resultados verdaderamente preocupantes, sobre todo en el campo de la desocupación, que provoca desánimo y frustración especialmente en los jóvenes y las familias menos favorecidas. Tengo muy presentes a todos los ciudadanos, y pido al Todopoderoso que ilumine a cuantos tienen responsabilidades públicas para buscar denodadamente el camino de una recuperación provechosa a toda la sociedad. En este sentido, quisiera destacar con satisfacción la benemérita actuación que las instituciones católicas están llevando a cabo para acudir con presteza en ayuda de los más menesterosos, a la vez que hago votos para una creciente disponibilidad a la cooperación de todos en este empeño solidario.
Con esto, la Iglesia muestra una característica esencial de su ser, tal vez la más visible y apreciada por muchos, creyentes o no. Pero ella pretende ir más allá de la mera ayuda externa y material, y apuntar al corazón de la caridad cristiana, para la cual el prójimo es ante todo una persona, un hijo de Dios, siempre necesitado de fraternidad, respeto y acogida en cualquier situación en que se encuentre.
En este sentido, la Iglesia ofrece algo que le es connatural y que beneficia a las personas y las naciones: ofrece a Cristo, esperanza que alienta y fortalece, como un antídoto a la decepción de otras propuestas fugaces y a un corazón carente de valores, que termina endureciéndose hasta el punto de no saber percibir ya el genuino sentido de la vida y el porqué de las cosas. Esta esperanza da vida a la confianza y a la colaboración, cambiando así el presente sombrío en fuerza de ánimo para afrontar con ilusión el futuro, tanto de la persona como de la familia y de la sociedad.
No obstante, como he recordado en el Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 2011, en vez de vivir y organizar la sociedad de tal manera que favorezca la apertura a la trascendencia (cf. n. 9), no faltan formas, a menudo sofisticadas, de hostilidad contra la fe, que «se expresan a veces renegando de la historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos» (n. 13). El que en ciertos ambientes se tienda a considerar la religión como un factor socialmente insignificante, e incluso molesto, no justifica el tratar de marginarla, a veces mediante la denigración, la burla, la discriminación e incluso la indiferencia ante episodios de clara profanación, pues así se viola el derecho fundamental a la libertad religiosa inherente a la dignidad de la persona humana, y que «es un arma auténtica de la paz, porque puede cambiar y mejorar el mundo» (cf. n. 15).
En su preocupación por cada ser humano de manera concreta y en todas sus dimensiones, la Iglesia vela por sus derechos fundamentales, en diálogo franco con todos los que contribuyen a que sean efectivos y sin reducciones. Vela por el derecho a la vida humana desde su comienzo a su término natural, porque la vida es sagrada y nadie puede disponer de ella arbitrariamente. Vela por la protección y ayuda a la familia, y aboga por medidas económicas, sociales y jurídicas para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia tengan el apoyo necesario para cumplir su vocación de ser santuario del amor y de la vida. Aboga también por una educación que integre los valores morales y religiosos según las convicciones de los padres, como es su derecho, y como conviene al desarrollo integral de los jóvenes. Y, por el mismo motivo, que incluya también la enseñanza de la religión católica en todos los centros para quienes la elijan, como está preceptuado en el propio ordenamiento jurídico.
Antes de concluir, deseo hacer una referencia a mi nueva visita a España para participar en Madrid, el próximo mes de agosto, en la celebración de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Me uno con gozo a los esfuerzos y oraciones de sus organizadores, que están preparando esmeradamente tan importante acontecimiento, con el anhelo de que dé abundantes frutos espirituales para la juventud y para España. Me consta también la disponibilidad, cooperación y ayuda generosa que tanto el Gobierno de la Nación como las autoridades autonómicas y locales están dispensando para el mejor éxito de una iniciativa que atraerá la atención de todo el mundo y mostrará una vez más la grandeza de corazón y de espíritu de los españoles.

Desde la Cruz (IV)

 Hoy estarás conmigo
―¿Y quién es éste? ―se preguntaron sorprendidos los ángeles―.
No tenía buen aspecto, francamente; pero llegó al Paraíso aquella misma tarde, cuando acababan de abrirse las puertas. No hubo necesidad de pedirle la entrada; le bastó con mostrar las llagas de sus manos; las mismas que tenía Jesús.
Se llamaba Dimas, fue ladrón profesional, y acababa de asaltar el Cielo en su mejor golpe.

viernes, 15 de abril de 2011

Desde la Cruz (II)

El perdón


La cruz del Nazareno fue alzándose del suelo lentamente. El cuerpo del reo, sin otra sujeción que los clavos, se zarandeaba como un trapo sucio movido por el viento. Los condenados a muerte, en ese terrible trance, suelen gritar como animales torturados. El rey de los judíos, no. Con los ojos abiertos y la mirada en lo alto, se diría que quería ascender más aún, por encima de las nubes.
¿Por qué nos quedamos todos mirando esa cruz, y sólo ésa?
Su madre, que hasta entonces había permanecido postrada en tierra con la cabeza cubierta por un manto azul, empezó a levantarse despacio, igual que el hijo. Ya en pie, se despojó del velo y vi sus ojos llenos de lágrimas que parecían acariciar el cuerpo del Galileo.
Quiso acercarse un poco más. No pude impedírselo y ella me sonrió agradecida. Luego, en un gesto de increíble ternura, sacó un pañuelo blanco y limpió la sangre que aún bañaba mi rostro, la sangre de Jesús.
Los otros soldados de la guardia me llamaron para que participara en el reparto de los vestidos. Dijeron que había una túnica valiosa; pero yo no podía moverme. Junto a María y a las demás mujeres, mis ojos estaban atrapados por aquel cruce de miradas.
Unos segundos más tarde, Jesús elevó la vista al Cielo y con voz rota pero clara, exclamó:
―¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!
Tardé mucho en reaccionar. De pronto comprendí que, por primera vez después de años, estaba llorando. Y me alejé de allí a toda prisa.
¿Quién era ese Padre que debía perdonarme? ¿Qué significaba aquello? ¡Claro que sabía muy bien lo que había hecho!: cumplir órdenes, como un buen soldado de Roma. Y sin embargo, la sangre de Jesús aún ardía en mis labios, y, sin saber por qué, vinieron a mi memoria otros episodios de mi vida de los que nunca me he sentido orgulloso. Y supe que debía pedir perdón al Nazareno, también por ellos.


jueves, 14 de abril de 2011

Empezar


Dicen Horacio y el búho que el que se decide a empezar un trabajo ya ha conseguido la mitad.
Tienen razón, sin duda. Es cierto que la última piedra es más importante que la primera; pero ponerse en marcha también es tarea ardua, sobre todo en estos días melancólicos de polen y astenias.
Yo he empezado a escribir sobre la Pasión, y he cometido la imprudencia de poner un “1” detrás del título. Eso me obligará a escribir el 2 y el 3… No veo que haya conseguido la mitad de nada, y corro el riesgo de que se me aplique la parábola de aquel hombre que trató de edificar una torre sin echar las cuentas y tuvo que oír cómo se burlaban de él:
―"He aquí un hombre que empezó a edificar y no pudo terminar".
Así están las cosas. Esperemos que el búho acierte esta vez: Dimidium facti, qui coepit, habet.   

Desde la Cruz (I)



Desde lo alto de la Cruz Jesús habló en 7 ocasiones. Tenía la voz rota, la garganta reseca y los pulmones exhaustos al borde de la asfixia; pero seguía siendo el Señor y, aunque apenas se entendieran sus palabras, los evangelistas las anotaron cuidadosamente.
El Mesías había iniciado su vida pública en el monte de las bienaventuranzas con un discurso esperanzado y provocador. Otro monte ―la colina del Gólgota― fue la tribuna de su último pregón. Sólo contiene 7 sentencias, pero el eco de estas palabras tiene que llegar hasta el último rincón del mundo.
No sé lo que escribiré estos días. Debo ser breve, y no me siento capaz de ajustar mi comentario a un esquema. Esta página puede ser un borrador que iré corrigiendo con vuestra ayuda.
Empiezo ahora.



Los clavos

He crucificado con mis manos a más de un centenar de hombres, y nunca me ha temblado el pulso al hincar en sus muñecas los hierros que debían sujetarlos al madero. He oído sus súplicas y sus gritos de horror. He visto cuerpos jóvenes y robustos bañados en sangre, mordidos por el látigo implacable de los flageladores. He asistido impávido a su muerte y he quebrado las piernas de los cadáveres mientras espantaba las aves carroñeras que acudían en bandadas para darse un buen festín. He comido y bebido junto a las cruces de los sediciosos, y he contado chistes obscenos a los demás soldados de la guardia mientras los enemigos de Roma agonizaban a pocos metros de distancia.
Nuestra misión consistía en evitar que se aproximaran a las cruces los cómplices o los parientes de los ajusticiados. Una tarea sencilla, ya que nadie lo intentaba. El olor de la sangre y los lamentos de los moribundos bastaban para alejar a la multitud. Sólo las mujeres, las madres o las esposas, tenían el valor de acercarse, y nosotros se lo permitíamos. No eran un peligro.
Así de simples fueron las cosas, hasta aquel día.

Cuando llegó el Nazareno al Calvario había una singular expectación. Yo mismo clavé en lo alto de poste vertical de la cruz el letrero con la causa de su condena: "Jesús, Nazareno, Rey de los Judíos". Era una especie de insulto dirigido a aquellos fanáticos hebreos que no acababan de someterse al Cesar. ¡Éste es vuestro rey!, les decíamos. Pero cuando agarré su brazo izquierdo y puse el clavo en el punto exacto, sentí algo imposible de describir. Noté por un momento que millones, cientos de millones de manos cómplices aferraban el mismo clavo y el martillo que iba a golpearlo.
Quise soltar el martillo. ¡Aquella carcajada! De verdad que la oí con toda claridad. Jesús entonces me miró en silencio, sin un reproche, casi con ternura. Y yo hice mi trabajo. La sangre del Nazareno me salpicó el rostro.

miércoles, 13 de abril de 2011

Un anciano sentencioso

Me lo ha dicho ayer por la mañana un anciano bueno y sabio, que fue taxista y tractorista en su juventud y ahora, con ochenta y muchos años, regala sentencias con envidiable aplomo:
―Créame, padre; durante siglos los hombres se han dispersado por el Planeta y han dado origen a las razas: negros, blancos, amarillos… Ahora ha empezado el regreso. Volvemos a encontrarnos otra vez, nos mezclaremos bien mezclados y al final sólo habrá una raza, igual que en el Paraíso. Entonces llegará Jesucristo sobre las nubes del Cielo. Y el fin del mundo.
Prometo escribir una larga entrada sobre mi conversación con este curioso anciano. Cuento con su permiso, y, ahora que no nos oye, debo decir que es uno de los personajes más sorprendentes con que me he topado.


 

martes, 12 de abril de 2011

Semana de Pasión



Así se llamaba hace años y la liturgia de estos días lo confirma: estamos en el prólogo de la Semana Santa. Todo está preparado para la Pascua definitiva, para inmolación del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El universo entero contiene el aliento. Cristo, piedra angular de la creación, se dispone para el Sacrificio.
Las rapaces planean en torno a su presa para cazarla al menor descuido. El traidor cuenta y recuenta en su fantasía las monedas que recibirá de los sacerdotes a cambio de un solo beso. Jesús, impaciente, camina deprisa hacia Jerusalén. Antes pasa por Betania para resucitar a Lázaro como un anuncio de su propia resurrección. Las santas mujeres preparan los lienzos y los enseres de la última cena. Ya está cosechado el vino y molido el trigo. Pronto se mostrará la luna llena, que contemplará el Misterio.
También nosotros nos disponemos a contemplarlo. Aún no sé lo que escribiré aquí este año. Tal vez dedique unas pocas líneas a cada una de las “siete palabras” de Cristo en la Cruz.
Sí, creo que sí. Al menos lo intentaremos a partir de mañana.

lunes, 11 de abril de 2011

Los lunes, publicidad

Hoy, un anuncio chino. (Perdón, don Fernando; un japonés) En huevo sinfónico anuncia un teléfono.
Un poco rarito sí que es.



Y a esta compañía aérea no le parece bien que haya dos clases distintas en los aviones. A mí tampoco. Lo importante es saber por dónde igualamos a los pasajeros. ¿Todos a primera o todos a turista?

 


domingo, 10 de abril de 2011

Mis tiempos

―Mira, Nico, cuando me preguntas por “mis tiempos” o aludes a ellos con cierta ironía, sonrío por dos buenas razones: la primera, porque, en efecto, hay unos tiempos que tú no podrás vivir jamás. Son solo míos. Soy millonario de recuerdos. Es un tesoro impagable que nadie me podrá expropiar. Si acaso ese alemán..., ¿cómo se llama? Alzheimer.
―¿Y la segunda razón?
―Está claro, ¿no? Los tiempos que vivimos ahora son tan tuyos como míos. Los compartimos. Sólo hay una diferencia: que yo los entiendo mejor porque los veo con más perspectiva.

sábado, 9 de abril de 2011

Un día corriente (y dos más de propina)

Ya que os he dado la mañana con un vídeo terrible, aquí tenéis otro la mar de simpático que me envía Dani Morcillo, nuestro ornitólogo preferido. Esta vez no hay pájaros.

 

Los mártires de Costa de Marfil

Ayer me enviaron un vídeo para que lo colgara en el blog. No he tenido valor de bajarlo. Es terrible. Se nos muestra con toda claridad el "espectáculo" de la muerte de unos mártires católicos en Costa de Marfil.
Yo no sé lo que está ocurriendo allí, pero, según parece, más de mil cristianos fueron quemados vivos en la Misión salesiana de Santa Teresa del Niño Jesús en la ciudad de Duekoue.
Si alguien quiere verlo con sus propios ojos, no tiene más que hacer clic aquíYo no he podido ver entera la filmación, y ahora, al poner este enlace, me siento un poco hipócrita. Lo hago porque la prensa escrita y la televisión no han dicho ni media palabra, y es preciso hablar, no contra alguien, sino en defensa de los cristianos, que siguen entregando su vida por Jesucristo como en los primeros siglos de la Iglesia.
La ceniza de esos mártires no dejará de dar fruto abundante en África


viernes, 8 de abril de 2011

Examen de historia

El vestíbulo de la primera planta, frente a la puerta de la capellanía, está abarrotado de chicos y chicas temblorosos que se disponen a afrontar el examen de historia repasando sus respectivos libros y apuntes.
Blanca, posada sobre un banco, con las piernas plegadas como un pequeño buda, silabea fechas, batallas, nombres y apellidos. A su lado, Carlos la mira con una mezcla de respeto y desconcierto:
―Tía, no sé para qué estudias tanto, si te lo sabes todo.
En vista de que hoy no podré charlar con nadie, entro en la capellanía, y me dispongo a escribir estas líneas. Un chico llama a la puerta.
―¿Me das un vaso de agua? Es que hay una tía que está nerviosa y le da vergüenza pedírtela.
Al rato aparece Almudena. Me pregunta si sé "algo" sobre la guerra civil española, porque ha perdido los apuntes y no ha dormido ni un minuto en toda la noche.
―Se lo juro, ni-un-mi-nu-to.
―O sea, que has soñado que no dormías…
―¡Que no, que me he levantado mogollón de veces de la cama!
Le hablo de la guerra y me mira fascinada…
―¡Es alucinante: lo dices igual que el libro!
En ese momento se ponen en marcha los inhibidores, y todos los teléfonos móviles se quedan sin cobertura. Es una medida preventiva contra los que sientan la tentación de copiar chateando con el exterior.
Salimos al vestíbulo: un tipo larguirucho pasea agarrando los apuntes como si quisiera exprimirlos.
―¿Cómo lo llevas?
Me devuelve una mirada melancólica:
―No hay derecho. No sé por qué tienen que pasar tantas cosas en la historia.
Una buena reflexión para incluirla en el examen.

Entrevista a Charlie Cox

Si hacéis clic por dos veces sobre la imagen que reproduzco a continuación, podréis leer sin dificultad la entrevista que el conocido actor Charlie Cox concedió al diario "El Mundo". Como es sabido, Cox interpreta a San Josemaría en la película Encontrarás dragones.

jueves, 7 de abril de 2011

Viento del desierto


"Llegan vientos del Sahara con polvo del desierto en suspensión."
La chica del tiempo acaba de explicar lo mal que pintan las cosas en la central nuclear de Fukushima y no muda el gesto, ni siquiera sonríe un poquito, al cambiar de continente. Se diría que disfruta anunciando nuevas catástrofes cósmicas. Tal vez quiere decirnos que hay camellos voladores suspendidos en esas nubes de polvo y cairán sobre nuestras cabezas cuando el viento amaine y vengan las lluvias.  Mientras tanto el cielo de Madrid azulea mal esta primavera y el aire reseco deja las gargantas acartonadas y el ánimo por los suelos.
Otros lo tienen peor. En Lampedusa, la bella isla siciliana del autor de el Gattopardo, las nubes del desierto transportan a miles de libios que huyen de la quema, y nadie sabe qué hacer con ellos. Y en Costa de marfil una guerra cruel, que parece a punto de terminar, ha dejado millares de muertos y mil heridas sin cicatrizar que sangrarán periódicamente. ¿Sabrán perdonar y olvidar los vencedores y los vencidos, o se aferrarán a la memoria histérica y al rencor eterno como ocurre en esta tierra nuestra?
Leo que ya están dispuestos para partir los primeros cayucos de la temporada en la Costa Occidental de África. ¿Dónde recalarán este año? Me temo que aquí los recibiremos mal, y Portugal aún está peor.
No sé por qué escribo hoy estas cosas tan tristes. La culpa debe ser del viento del desierto y de este cielo gris que me invita a mirar al sur y a rezar por ese gran paraíso tan maltratado, donde Jesucristo sigue en agonía.