El búho aún no había
nacido cuando Rubén se rompió la espalda por un mala caída y quedó paralítico. Ahora —treinta y
ocho años después— su hermano Elías lo arrastra
en la camilla por las enmarañadas callejuelas de la ciudad justo al rayar el
alba. Rubén ya apenas se queja a pesar de que la asperezas del camino le dejan
molido como si hubiera recibido una
paliza.
Al llegar frente a la
piscina de Bethesda, Elías lo deposita siempre en el mismo lugar. Allí están
sus amigos: Esther, Marcos, Tobías, cada
uno con su mal a cuestas. El búho contempla la escena.
* * *
El Maestro
llegó al caer la tarde. Mis amigos y yo habíamos compartido la comida que
traíamos y jugábamos a los dados y a la taba, apostando monedas imaginarias.
Día tras día seguíamos el mismo ritual.
Ninguno
conocía a Jesús, pero cuando apareció junto a la piscina se hizo un silencio denso,
como el que se guarda en presencia del Sumo Sacerdote.
El Señor
me miró (¿por qué a mí?) y me hizo la gran pregunta:
—¿Quieres
curarte?
¡Claro que
quería curarme! Por eso venía cada día a este lugar, igual que la muchedumbre
de enfermos que me rodeaban. Según los viejos, de tarde en tarde baja un ángel
y remueve las aguas del estanque. Aseguran que el primero en lanzarse queda
curado de todos sus males. Ni mis amigos ni yo habíamos presenciado jamás ese
supuesto milagro y sabíamos que nos sería imposible entrar en el agua antes que
nadie, pero, después de tantos años, ¿qué otra cosa podría hacer? Allí estaban
mis compañeros, mi partida de dados, incluso la copa de buen vino, que en los
días fríos traía mi amiga Esther.
Traté de
explicar todo eso al Maestro, pero él insistió:
—¿Quieres
curarte?
¡Qué
liviana fue mi camilla cuando Jesús me dijo que la cargara sobre los hombros y volviera
a casa! Tan feliz iba yo que incluso me olvidé de despedirme de los demás
enfermos.
Han pasado
algunos meses y he vuelto a trabajar en la herrería. Ahora voy, vengo,
salto y corro sin la menor dificultad; pero nadie está curado del todo, y yo,
desde luego, no lo estoy.
Hablo del
pecado, que aún es capaz de encadenarme más que ninguna invalidez del cuerpo. Las
tentaciones más inconfesables se abrazan
a mi carne como una sustancia repugnante de la que no sé si quiero librarme del
todo.
Muchas
veces he pedido perdón al Señor, y entonces he vuelto a oír aquellas dos
palabras, la gran pregunta que nunca me atrevo a responder:
—¿Quieres
curarte?
—Señor, tú
sabes que el pecado es parte de mi existencia. Tú me has creado así. ¿Por qué
me pides lo imposible? Yo no quiero ofenderte. Daría mi vida antes que hacerte
daño, pero necesito huir de ti de vez en cuando, olvidarme de tu amor y
refugiarme en otros afectos, aunque dejen en mis labios el sabor agridulce de
la cobardía y la vergüenza.
Un día me
atreví a responder a Jesús que sí, que quería dejarme curar del todo y seguirle.
Y se repitió el milagro de la piscina. Desde entonces, cuando hablo con algunas
personas tristes, casi sin esperanza, les hago la gran pregunta en nombre de mi
Señor:
—¿Quieres
curarte?