sábado, 27 de julio de 2019

Madrid se vacía y mi cerebro también



Hoy Madrid se ha despertado con aires de primavera. La temperatura ha bajado considerablemente y como es el último finde de julio, a las siete de la mañana las calles están desiertas. Los semáforos siguen con su rutina de siempre —verde, ámbar, rojo—, pero estoy a punto de saltármelos en plan libertario. No lo hago porque soy buen ciudadano y tiendo a respetar las leyes, pero, sobre todo, por miedo a los drones, que ahora nos vigilan desde lo alto como abejorros-espía y han sido habilitados por nuestras sabias autoridades para multarnos al menor descuido.
Mientras procuro embridar al Citroën para que no supere los límites de velocidad, me pregunto sin venderán en El Corte Inglés  misiles anti-drones para defendernos de la permanente vigilancia del gran hermano. Y si los vendieran, ¿en qué sección estarían? ¿En bricolaje? ¿En deporte? Probablemente su sitio sería la sección de informática o, mejor aún, la de juguetes navideños.
Yo sé desde hace meses que es imposible dar un paseo por mi barrio sin estar enfocado permanentemente por dos o tres cámaras "de seguridad". Aquí ya no hay un  solo punto ciego y, claro, no hay manera de delinquir. Supongo que debería sentirme feliz, protegido por el celo maternal de la Administración, pero uno, que es desconfiado por naturaleza y por experiencia, siente escalofríos a pesar de los calores del verano.
Después de celebrar la Santa Misa, tomo de nuevo el Citroën, pongo la radio y me entero de que el Atleti ha metido siete goles al Real Madrid en el primer derbi de la temporada. Dice una intrépida corresponsal que "el Madrid fue humillado por los colchoneros"; que "Simeone pasó por encima de Zidane"; que se trata de una "goleada histórica", de "un terremoto de enormes consecuencias"…
Confortado por la épica periodística, desvío unos metros mi ruta y paso por delante del Santiago Bernabéu para comprobar que las ondas del seísmo no han afectado a la estructura del mítico estadio y sigue en pie a pesar de todo.

viernes, 26 de julio de 2019

San Joaquín y Santa Ana



 Queridos abuelos de Jesús y, por tanto, míos. Hoy al despertarme he pensado en vosotros. Me he preguntado si llegasteis a conocer a vuestro Nieto o ya estabais en el cielo cuando María Santísima recibió la visita del Arcángel Gabriel.  En la Sagrada Escritura no se os nombra, y es verdad que en aquella época la esperanza de vida era menor que ahora.
Luego se me ha ocurrido que el pueblo hebreo ha sido siempre muy longevo, y los evangelistas son tan escuetos al contar la vida de Cristo que quizá pasaron por alto algunas historias importantes; por ejemplo, aquel día en que vuestra hija cuando todavía era muy niña apareció en casa con un muchacho alto, fuerte, de mirada limpia y manos fibrosas que dijo llamarse José. Tú, Ana, ya le habías echado el ojo y habías pensado que aquel chico era el yerno soñado por cualquier madre. Joaquín también había oído hablar de él y, después del primer contacto, le invitó a dar un paseo por Nazaret para charlar de sus cosas y conocerse mejor.
—Yahvé nos ha hecho otro regalo —dijo Joaquín al regresar—. José es el esposo que Dios ha preparado para María.
—Aún son tan jóvenes... —respondiste tú, Ana—. 
Hace tiempo inventé el verbo "abuelear", que algún día figurará en el diccionario. Seguro que los dos entendéis lo que significa. ¿Qué sentisteis cuando tuvisteis por primera vez en los brazos a Jesús? ¿Sabíais que abrazabais y besabais al mismo Dios hecho Niño?
 
Ya veis; he fantaseado demasiado esta mañana mientras me arreglaba para salir de viaje camino de Madrid. Luego, ya en el coche, una tormenta repentina en plena autopista me ha devuelto a la realidad.
 
¿A la realidad? No sé. Quizá haya alguien entre los pasajeros de esta mesa camilla que quiera completar el relato y contárnoslo. Pienso en Cordelia, sin ir más lejos.

jueves, 25 de julio de 2019

En la fiesta de Santiago, vuelvo a las andadas



Hace casi veinte años publiqué  un artículo en Mundo Cristiano titulado "Patriotismo y ombliguismo".  En 2007 decidí reproducirlo en este globo, que por entonces estaba recién nacido. No pensé que aquellas moderadas reflexiones sobre la virtud cristiana del patriotismo pudiesen generar tantos insultos y descalificaciones personales como las que me llegaron por la red. Claro que entonces aún no sabía que Internet, además de ser un instrumento casi mágico de comunicación, es también un pozo séptico con aromas de todo tipo.
He vuelto a leer hoy aquel viejo folio aprovechando que celebramos la Solemnidad de Santiago Apóstol, Patrón de España, y, por cierto, también de Bilbao. Compruebo que utilicé un lenguaje manso, afable y con una pizca de humor para evitar convulsiones. No hice referencia a personas, partidos o ideologías concretas, y me situé en el lugar que me corresponde como sacerdote.
Hoy inserto otra vez aquel viejo artículo a pesar de que citarse a uno mismo no esté bien visto. Quizá debería añadir alguna consideración más, pero lo dejaré para mañana o pasado.
Feliz día de fiesta. Y ojalá el camino de Santiago nos conduzca a la concordia y a la playa, que hace mucho calor. 

Estoy en Bilbao. Desde hace años siempre vengo de paso, sin tiempo siquiera para recuperar el acento perdido, la inconfundible cadencia que se gastan en el Bocho y que descubro intacta en las voces de mi familia y mis amigos. Esa música, como el aroma incierto de la ría, la brisa del Abra o la puesta de sol sobre el Serantes, es una especie de álbum de fotos en el que ya amarillean mis recuerdos.
Trato de escribir el artículo del mes, y me pregunto si, después de tanto tiempo fondeado en esta página, que nació desenfadada y risueña, mis clientes me dejarán hablar en serio, incluso con cierta melancolía.
Hace más de cuarenta años salí de esta tierra para estudiar en la Universidad. Entonces no era consciente de que mi marcha se convertiría en definitiva. En todo caso, era muy joven y no me habría importado saberlo. Los vascos somos gente viajera y de mal asiento. Fuimos pescadores en Terranova, conquistadores de media América, marinos de todos los mares, empresarios en Castilla, Madrid, Andalucía... Y, más chulos que un ocho, conservábamos siempre lo importante: un amor apasionado por nuestra tierra…, y el Athletic, que era el segundo equipo de los que no habían tenido la fortuna de nacer por estos lares.
Tengo para mí que la chulería bilbaina (sin acento, please) no molestaba a nadie, porque era tan ingenua como desmesurada. De lejos se veía que era una forma de disimular la timidez. Caía simpática porque los chistes de bilbainos los inventábamos aquí, igual que en Lepe se inventan las historias de leperos.
Los bilbainos solemos ser unos tímidos compensados, que cantamos en coro porque nos da vergüenza ser solistas y hablamos muy alto para que el volumen enmascare nuestra inseguridad. Es cierto que nos encanta dejar constancia de que somos de Bilbao, pero también San Pablo declaró con orgullo ante el juez su condición de ciudadano romano. Y eso que no hay color: ser de esta tierra es mucho más importante.
Aquellos bilbainos de los años 60 íbamos por el mundo con la arrogancia de quien se supone envidiado por el resto del Planeta. Ya lo dijo Unamuno: el mundo entero es un Bilbao más grande. Con parecida modestia añade Ruiz Olabúenaga: Bilbao es, como Roma, madre de todos los imperios. Y Kloster asegura que cuando sale de su tierra un bilbaino, adopta andares de propietario que va de visita a la finca.
Todo esto es sólo una caricatura; pero las caricaturas suelen tener un fondo de verdad. Y la verdad es que aquí se vive intensamente, aunque de forma peculiar, una virtud humana y cristiana que siempre se ha llamado patriotismo.
Ser patriota es amar con pasión —y por este orden— a los padres, a la familia, al pueblo, a la patria chica, a la patria grande, y, en definitiva, al mundo entero, que también se reconoce como patria. Se trata de un amor centrífugo, expansivo, que no desprecia a nadie ni se acompleja ante nadie; que no divide ni separa, que a nadie ofende ni molesta.
El patriotismo bilbaino, reconozcámoslo, es patriotero, fantasmón y perdonavidas, pero es éste un pecado venial que se absuelve fácilmente cuando viene adobado con sentido del humor. Sin embargo nunca (hasta ahora, ¡ay de mí!) hemos sido ombliguistas.
El ombliguismo, o tendencia desordenada a contemplar fascinado el propio ombligo, es un aldeanismo con tortícolis. El ombliguista cree que ama a su tierra, pero lo único evidente es que no soporta a las demás. El ombliguista es un seudo patriota acomplejado, que vive convencido de que los de fuera, los otros, le odian, le desprecian y, por supuesto, no le entienden.
El ombliguista, en el fondo, no sabe amar ni siquiera a su propio pueblo, porque no lo ve como raíz sino como fortín. Amar las propias raíces es crecer, salir de uno mismo para dar fruto; es hacer que las ramas se vuelvan alas y volar lejos. El ombliguista no quiere esto: se encasqueta la boina, se parapeta en su lengua y en sus neurosis y se pasa la vida afirmando su identidad, en busca de enemigos con los que poder confrontarse.
El ombliguismo atrofia el corazón; el patriotismo lo dilata. El ombliguismo genera rivalidades, odios e incluso violencia; el patriotismo, como todos los amores, es difusivo, contagioso y alegre; enriquece a quien lo tiene y a quien lo ve en los demás.
Nada más opuesto al espíritu de mi tierra que ese ombliguismo de que hablo.Por eso, cuando vengo al Bocho y veo…, lo que veo, me lleno de melancolía y de añoranzas.
Pero estoy convencido de que la enfermedad no puede durar. Bilbao es mucho Bilbao. Y siempre nos quedará el Athletic.  

martes, 23 de julio de 2019

El globo toma altura



Después de casi tres años de silencio, el pasado 30 de abril el globo salió de nuevo al espacio. Fue una puesta en marcha silenciosa. No quería volver a la época anterior, cuando nos visitaban miles de personas cada día, muchas sin nombre y algunas, peleonas e impertinentes. Dije entonces que, en esta nueva etapa, aspiraba a convertir el blog en una especie de mesa camilla para que un grupo pequeño de amigos charlásemos de nuestras cosas, sin debates ácidos ni enfrentamientos personales.
Ayer, por fin, me decidí a echar una ojeada a las "estadísticas" que, quieras o no, va elaborando Google para estas páginas. Lo hice con cierto miedo, como cuando uno se sube a la báscula para comprobar cómo ha ido ganando o perdiendo peso. Mis temores estaban justificados: el globo cada día tiene más visitantes. Ayer, entraron casi seiscientas personas diferentes. Muchos, desde distintas regiones españolas, pero también desde Norteamérica, Argentina, Reino Unido, Puerto Rico, Honduras, El Congo, Kenia, Japón… ¿Se puede saber quiénes son los 7 de Kazajistán o los 32 de Indonesia?
Todos son bienvenidos, por supuesto; pero conservo la esperanza de que, en agosto, se desplome la audiencia y volvamos a la mesa camilla. Si no es así, pido a los visitantes que me comprendan: a mi edad uno ya ha perdido el gusto por los debates y los enfrentamientos.
Ayer viví una experiencia magnífica: vi en la televisión el debate de investidura sin el sonido del hemicirco, y comprobé que, en efecto, algunas imágenes valen más que todas las palabra de sus señorías.
Como fondo puse música clásica: la Flauta Mágica de Mozart.

lunes, 22 de julio de 2019

"Dictar" un retrato de María



Ya se han ido los treinta chicos del Pabellón, y mañana se marcharán los treinta y tantos de la residencia. Las veinticinco  mujeres de "la ampliación" aún se quedarán un poco más, y yo estaré solo en la casa antigua por unas horas. Ojalá puedan descansar un poco  las chicas de la administración, que son el alma de Molinoviejo, una casa que, como dice la vieja canción "nos roba el alma".
Se ha levantado un viento bochornoso. Dicen que "de Virgen a Virgen" —del 16 de julio al 15 de agosto— aprieta el calor con más entusiasmo; pero, aunque la memoria meteorológica suele ser engañosa, no recuerdo un mes de julio como éste que está a punto de terminar.
En el oratorio de la casa antigua se está bien y no solo por el relativo fresquito. Me gusta mirar la imagen de la Virgen que pintó Alfonso Ramil en 1946. He hablado de ella varias veces; la última hace solo dos meses, pero, aunque no sea una obra maestra, para mí y para miles de personas es un recuerdo permanente de la presencia de San Josemaría en Molinoviejo, que aún  sigue aquí, en cada rincón de este hogar y en la figura inolvidable de esta Virgen que tantas oraciones ha recibido. 
—"Me la dictó el Padre" —me dijo Alfonso pocos meses antes de morir—.
¿Cómo se puede "dictar" un retrato de María Santísima? La pregunta es retórica, porque conozco muy bien la respuesta. San Josemaría hablaba de nuestra Madre como nadie sabía hacerlo. Con un lenguaje sencillo, sin metáforas barrocas ni excesos románticos, sin impostar la voz, iba dibujando con palabras simples un retrato adorable que podría inspirar a cualquier pintor o al más torpe de los poetas. Alfonso era muy joven, aún no había terminado su carrera de Bellas Artes, pero tenía talento. San Josemaría lo llamaba Pinturicchio, y estoy persuadido de que Dios lo sigue llamando así, y habrá premiado en el Cielo a quien puso tanto cariño en el retrato de su Madre.
Es casi media noche. No es fácil dormir con este bochorno, pero al menos he logrado redactar, una vez más, unas pocas líneas mirando y remirando a María.


domingo, 21 de julio de 2019

Globos en Segovia


Se ha celebrado en Segovia el Primer festival de globos aerostáticos. Dicen que navegaron sobre la ciudad centenares de estas silenciosas esferas voladoras y que el cielo se vistió de todos los colores del arco iris.
Y yo, sin enterarme. Mi globo estaba suficientemente preparado para participar en el concurso aerostático y ganarlo. Quizá por eso no me avisaron; me tienen miedo.
Lo que más me duele es que mis amigas las aves no vinieran a darme la noticia y que me dejaran aquí encerrado, a solo quince kilómetros.
Tan deprimido estoy que no escribiré nada. Ni siquiera hablaré de la golondrina que se ha estrellado contra un ventanal-trampa de Molinoviejo. Había pensado dedicarle un poema, pero...
Mañana veremos si me encuentro con fuerzas. El curso se me acaba y la ola de calor, implacable, empieza a freírme las neuronas. 


 

sábado, 20 de julio de 2019

Yo también estuve en la luna



Cuando el hombre llegó a la luna, yo ya estaba allí y pude recibir a mi amigo Neil Armstrong con todos los honores. Lo recuerdo muy bien. Había poco espacio para aparcar porque estábamos en fase de luna menguante y aquello parecía un plátano amarillo que se estrechaba por minutos. Yo subí directamente desde Madrid arrojando el lazo a uno de los cuernos, según se mira, al de abajo. No fue fácil, pero al tercer o cuarto intento me encontré colgado en el espacio como en un columpio. A partir de ese momento, bastaba con dejarse llevar por la inercia.
Fue una gran noche. Yo hacía el curso de retiro previo a mi ordenación sacerdotal, en perfecto silencio, por supuesto, y el predicador nos había advertido:
—Que a nadie se le ocurra ir esta noche a la sala de estar para ver el aterrizaje del módulo lunar. Estáis haciendo un retiro muy importante y no podéis distraeros con tonterías galácticas.
A las 2 de la madrugada, con pijama de astronauta y zapatillas anti ruido, bajé de puntillas camino del televisor. Allí estaban todos: los veintiocho candidatos al sacerdocio y el predicador del  retiro. Había banderitas norteamericanas y una botella de pacharán para celebrar el acontecimiento.
Sorprendido por una desobediencia masiva tan descarada y flagrante, bebí una copa del rojo licor navarro y salí al balcón para ver la luna en colores. Allí estaba, limpia y refulgente, con  sus dos cuernos afilados como una tentación.
Volví a la tierra al amanecer. Continué mi retiro como un buen chico y creo que di gracias a Dios por aquella experiencia nocturna, que me serviría de preparación para la nueva aventura que iniciaría un mes después. Ser cura era mucho más emocionante que el mejor viaje espacial.


 

viernes, 19 de julio de 2019

Nuevas sanciones veraniegas (II)




Por quitarse las sandalias en el metro y dejar los dedos descalzos al aire……………15 €*
Por hurgarse los pies en el metro para completar la faena anterior..……………………….50 € *
Por decir…
  • Esto es culpa del cambio climático…………………………………………………………1€
  • yo me ducho si me veo sucio. Si no,,,, agüita en la cara y a correr……………….15 €*

por secarse el sudor con la cola de camisa dejando al aire el umbilicus..………………………10 €
Por abanicarse
  • con el ABC………………………………………………………………………...30 cms  
  • con el Hola………………………………………………………………………..60 cms
  • con el BOE………………………………………………………… .15 €

Por pasear en un descapotable rojo por Madrid a 42 grados……………….500€ (y tres puntos)*
Por llevar el sombrero "Panamá", inclinado a lo Humphrey Bogart……………………........…5€

(Las sanciones que llevan * tienen aparejada orden de alejamiento hasta que llegue el invierno)




jueves, 18 de julio de 2019

Venid a mí



Tengo ya la mochila preparada y los prismáticos al cuello para salir de excursión, pero no puedo ni quiero quitarme de la cabeza las palabras de Jesús que acabo de lee en el Evangelio de la Misa de hoy:
—"Venid a mí".
¿A dónde iría sin ti, Señor? Trataré de encontrarte en el vuelo de las aves, en el azul del cielo, en la nube negra de la tormenta, en el canto de los pájaros del bosque, en el silencio de la montaña, en las risas de otros excursionistas… Pero tú insistes:
—Ven a mí. Más cerca. No me conformo con que me hables a través de las criaturas. Búscame en los Sagrarios que encontrarás en el camino. Allí me escondo para que me encuentres; podrás mirarme aunque no me veas; charlar conmigo aunque pienses que no te respondo. Soy el mismo Jesús-Hombre que recorrió todos los caminos de Israel, el que nació en Belén y murió en la Cruz.
"Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré…"
—El cansancio es buena cosa; el agobio, no. ¿Por qué te preocupas de tantas tonterías? Cuéntamelas y  verás cómo nos reímos juntos.  Ahora ya puedes irte de excursión. Llévame en la mochila.