Hace días, hice alusión a este artículo, que escribí hace ya bastantes años.
Como conservaba el número de teléfono de los padres del protagonista, llamé para preguntarles por mi "estatua". Me dijeron que apenas tienen contacto con él; que vive fuera de España: en Bélgica o en Holanda... No están muy seguros. Tampoco saben si tiene trabajo.
Les di mi dirección y el número de móvil.
—Si tienen noticias suyas, ¿le pedirán que me llame, por favor?
—No sé. ¿Se acordará de usted?
—Seguro que sí. Baste con que le recuerden que soy el cura que le invitó a merendar en la calle Serrano.
Una antigua alumna, fiel lectora de este blog, me comenta con cierta ironía, que me suceden "demasiadas" anécdotas. A lo mejor es que soy un poco provocador y cuando veo una historia me meto dentro. Hoy mismo he charlado un buen rato con una mendiga de la calle Ayala, de Madrid. Tal vez lo cuente dentro de unos días..., o de unos años.
—Padre, ¿me da algo para comer?

Andaba yo con prisas, y volví la cabeza sin detenerme. Detrás vi una cara blanca y brillante como una tumba, unos ojos saltones enmarcados en negro, la nariz sonrosada de colorete y unos labios rojos de marioneta o de payaso.
—¿Y tú de qué vas?, le dije mientras me recuperaba del susto.
—Yo voy de estatua.
Se puso a mi lado y caminamos juntos. Él a saltos, como un títere de feria. Yo, tratando de acompasar mi marcha a la suya. Me dijo su nombre, que no revelaré, y me contó que volvía a casa agotado: había estado inmóvil, de adorno, jugando a ser muñeco, en la calle.
Allí mismo, en aquella esquina. Ya sabe usted, padre: donde haya dinero. Uno me dijo que lo que yo hago es mimo. Pues, a lo mejor. Con tal de sacar unas pesetas...
Me contó la estatua que, desde que se le acabó lo del paro, no para. Primero se puso a vender pañuelos de papel a los automovilistas, hasta que llegó el portugués que según parece controla el negocio de los semáforos, y le echó. Entonces se sentó en el suelo, junto a una confitería, con un cartel: decía que estaba enfermo y que tenía tres hijos.
—Mentira, claro, pero hay que vivir. Al principio me daba vergüenza; pensaba que podían reconocerme; pero la gente no mira a los mendigos.
—¿No te daban limosna?
—Sí, dinero sí que sacaba; pero a la cara no te mira nadie. Se conoce que les da corte aguantar la mirada de uno que tiene hambre.
Mi amigo me decía estas cosas desde detrás de su máscara blanca, con los labios pintados de rojo/carcajada y entre gestos convulsos un poco falsos, como si, de verdad, se hubiese creído su papel de muñeco.
Entramos en una cafetería.
—Pero tú tienes estudios…
—Hice cou y selectividad. Iba para actor y a mi modo ya lo soy. Por eso quería que me mirasen a los ojos: un artista necesita la atención del público. Me vestí de estatua para ver si tenía más éxito; pero es aún peor.
—¿Peor? Fíjate, ahora mismo vas dando el espectáculo. ¿No dirás que no te miran?
—Sí. Están viendo un muñeco, un juguete, una cosa… Aquella señora del fondo lleva un rato tratando de ver mejor mis calcetines de lunares; el tipo del café con leche anda muy intrigado con los pañuelos de colores que llevo en el bolsillo. Y si alguno me mira a la cara, se queda en el maquillaje. ¿No ve qué ojos de turista se le ponen al personal cuando me observa? Yo me lo he buscado, pero le aseguro que es muy triste tener que convertirse en una cosa para llamar la atención.
* * *
Tengo permiso de la estatua para contar con detalle sólo esta parte de nuestra conversación. Frente a un café con leche y un bollo, en pleno centro de Madrid, charlamos media hora más. Cada uno con su uniforme: yo, de sacerdote y él de monigote, tuvimos suerte: nadie nos sacó una foto.
Hablamos de la Eucaristía. Las consideraciones de mi amigo me llevaron como de la mano a hablar de este gran Misterio de amor y de humildad.
—También Jesús —le dije— ha querido ser una cosa entre nosotros. Para no asustarnos, ha corrido el riesgo de que lo mirásemos sin la menor pasión: con indiferencia; como se mira un objeto, un pedazo de pan. Y nosotros somos tan miopes que ni siquiera sabemos descubrir, detrás de ese maquillaje divino, la fiebre de sus ojos enamorados o el latido de su corazón impaciente.
He querido recordar este episodio, ya un poco antiguo, porque quizá sea un buen momento para aprender a mirar a los ojos de los demás: a los pobres —¡tan abundantes!— que nos amargan la existencia; a los emigrantes de todos los colores; a los parados: a los que sufren por cualquier razón. Me sigue doliendo la afirmación de la estatua: nadie mira a los mendigos; nadie aguanta la mirada de uno que tiene hambre. Sí; es difícil resistir la mirada de Cristo.
* * *
Unos días después volví a ver a mi estatua. Estaba en otra esquina, subido sobre un cajón. Tenía una batuta en su mano derecha y parecía dirigir a una orquesta invisible. Le miré a los ojos; pero aquellos ojos no se dejaban mirar: eran tan de mármol como el resto de su cuerpo. Tuve que llamarle por su nombre para deshacer el encantamiento. Me vio y, aunque no movió un músculo, aún no sé cómo, me dedicó una sonrisa de payaso.