lunes, 22 de octubre de 2007

Las raíces



Hace más de veinte años mi amigo Moisés y yo íbamos por una zona pedregosa de la provincia de Ciudad Real. Creo que comenzaba el otoño como ahora. Pajareros impenitentes, buscábamos, sin demasiado éxito, las aves esteparias y desertícolas propias del lugar. De tanto en tanto cruzaban por el aire pequeñas bandadas de patos que anunciaban la cercanía de alguna de las lagunas endorreicas de La Mancha.

Comenzaba a caer la tarde cuando, después de subir un pequeño repecho, “se nos apareció” un olmo majestuoso en medio del pedregal.

Ya no quedan olmos en Europa: un hongo letal los barrió del Continente. Quizá por eso no he olvidado aquel magnífico ejemplar: un árbol colosal, solitario y tan verde que parecía un milagro.

Nos olvidamos de las aves. Ya no hablamos de otra cosa en toda la tarde que de aquel olmo. ¿Hasta dónde llegarían sus raíces para producir un prodigio semejante? ¿En qué acuífero y a qué profundidad se alimentaban?


Los hombres también necesitamos raíces para vivir. Y esas raíces son nuestros amores.

¿Quién dijo que los curas renuncian al amor humano? Eso sería tanto como suicidarse: en primer lugar, porque en la tierra todos los amores son humanos: también el amor a Dios lo es.

Además, tenemos que ir repartiendo cariño por todas partes: es nuestro oficio como lo fue el de Cristo. ¿No es lógico que, con el paso de los años recojamos, multiplicado por cien, el afecto de miles de personas? Los curas viejos como yo mismo (ya hemos quedado en que lo soy y en que esto no se discute) lo comprobamos con sorpresa y agradecimiento día tras día.

Ese amor de amistad es tan real, tan intenso y tan necesario, que no sé cómo podríamos vivir sin él.

Pero no basta. Nuestras raíces deben ser como las del olmo. Tan profundas que beban y se alimenten del agua viva que Jesús prometió a la Samaritana. Los demás amores deben nacer de allí. Si no, serían superficiales, epidérmicos como las raíces de aquel pino que fue abatido por el viento.

Y los curas, como los grandes árboles, tienen que morir de pie.

15 comentarios:

Altea dijo...

Waaaaauuu! Esta vez se ha pasao.

Altea dijo...

y ahora voy a leer lo de los viejos, que yo no estaba y no he quedado en nada.

Juanan dijo...

¡Qué bien dice usted las cosas! Mil gracias.

Ljudmila dijo...

Que amor más valedero que el de un cura por más que admita estar viejo ;) (mi mama me decia que viejos son los trapos!) anda repartiendo cariño por todas partes? Que Dios le de mucha, larga y tan llena vida como la que está viviendo!

Historias del Metro dijo...

Es usted un hombre muy cariñoso. Se escuda bajo la pose de vascote, pero a mí no me engaña.

Dominica dijo...

Yo era anónimo, pero como se repite, voy a ser Dominica.
Esto si que me anima para afrontar el envejecimiento, cuantos más años, más amores, eso de repartir cariño está uy bien.

María dijo...

Que bien esto que ha dicho, D. Enrique. Yo, aunque no sea cura (jajaja) me voy a aplicar el cuento! (con su permiso!)
Gracias!!

Enrique Monasterio dijo...

Os veo muy tiernecitos a todos. Dejaos de piropos, porfa. No me obliguéis a cambiar de chip.

Boo dijo...

D.Enrique, he empezado con un blog y me planteaba el tema del amor cuando he leido su entrada de hoy.Me ha dado la respuesta sobre el amor del bueno.Gracias.

Cristina V dijo...

¡Cada uno recoge lo que siembra!

Anónimo dijo...

Soy uno de esos olmos con "grafiosis", una enfermedad cuyo origen, según creo, no hay que buscarlo en las raices sino en el ambiente.. en el mal ambiente, en pequeños y simples organismos que se adhiren al tronco y a las hojas. A veces pienso que mis raices, por más profundas, no me salvarán.

j.a.varela dijo...

El ciento por uno aparece con frecuencia en este blog. No es para menos.

Desde el otro lado del globo.

Bernardo dijo...

¡Así que se guardaba el olmo en la manga!

Pero vamos, bien dicho. Además todo el mundo sabe que cuanto más hondo es el pozo, más rica y fresca es el agua.

Verónica dijo...

Oiga, pero lo de la foto, ¿no es una encina?

Enrique Monasterio dijo...

No, Verónica, es un ulmus pumila, una especie de Olmo que no existe en Europa.