lunes, 18 de agosto de 2008

El pájaro muerto



Estaba en medio del camino, aplastado contra el pavimento. Tenía las alas extendidas, como si hubiese tratado de remontar el vuelo. Ya habían empezado a llegar los primeros insectos, y una pareja de urracas andaba por los alrededores dispuesta a dar buena cuenta del cadáver.

Es insólito ver un pájaro muerto. Las aves, cuando ven llegar el final, se esconden, igual que se ocultan para nacer. Me acerqué y espanté las moscas. Era un arrendajo, uno de esos córvidos azulados del bosque, tan frecuentes y tan difíciles de localizar. Le di la vuelta con un palo con la inútil pretensión de descubrir la causa de la muerte. Tenía la cabeza ensangrentada: pudo ser un choque con algún vehículo, o un disparo. En todo caso, un accidente.

No tengo especial apego a los arrendajos: son pájaros chillones y escondidizos, de voz áspera y costumbres poco recomendables. Sin embargo por poco caigo en la tentación de enterrar el cadáver. Ya sé que habría sido un poco ridículo.

Me dan pena los pájaros muertos. También los que se exhiben como trofeo de caza. Un mal día tuve que matar un alcaudón real que cayó en mi red de insectívoros y no se dejaba liberar. Estaba destrozando la red con su pico de pequeña rapaz y no hubo otra solución. Lo recuerdo de vez en cuando sin ningún placer.

No soy un sentimental ni un idólatra de la naturaleza, pero matar un pájaro por gusto me repugna. El vuelo de las aves es un milagro que todos deberíamos aprender a contemplar. Hoy mismo he dado gracias a Dios por verlo y por ese pudor de las aves que no quieren ser vistas a la hora de morir.

No se me ocurre mutilación más cruel que la de cortar las alas. Y el caso es que hay carniceros especialistas en tan absurda cirugía. Cuando los más jóvenes sueñan con vuelos de altura, con proyectos fantásticos o con amores incondicionados, no es raro que aparezca un consejero de oficio dispuesto a contagiar su escepticismo con un “no seas ingenuo; te arrepentirás”.

Hace días tuve una tertulia en el jardín de esta casa con veinte chavales de 16 o 18 años llegados de toda España para contagiarse de Molinoviejo. Al verlos me acordé de mí mismo cuando hace casi medio siglo escuchaba aquí a San Josemaría Escrivá, que nos hacía soñar con aventuras heroicas, apasionantes y divertidas.

Gracias a Dios, nadie me cortó las alas. Yo tampoco lo haré. Volar es contagioso.



Arrendajo común

3 comentarios:

Anónimo dijo...

volar es contagioso....hola no se quien eres supongo que seras amigo de alberto....mi blog ira sobre religion ya que seré monja Un saludo de Amparo.

http://amparoviguerlodvg.blogspot.com/

Anónimo dijo...

D. Enrique: Conozco a algún ave que, cortadas las alas, no quiere que nadie a su alrededor vuele, no sea que le dejen sóla. A veces son capaces de organizar cada sangría...

Anónimo dijo...

Stay hungry, stay foolish...

«You’ve got to find what you love»

En su sección de vídeos...