sábado, 21 de marzo de 2009

En el semáforo de Concha Espina



Eran las 9 de la mañana y me había detenido en un semáforo, el mismo semáforo de siempre. Junto a mi coche, se detuvo otro con dos personas: una mujer mayor, que conducía, y a su lado, a pocos centímeros de mi ventanilla, un muchacho de veinte o treinta años con síndrome de Down. La mujer sonreía con especial ternura. Su hijo -porque evidentemente era su hijo- decía algo y le enseñaba la mano izquierda. Ella echó mano del bolso, sacó una pomada y se la aplicó en el dedo sin dejar de sonreír. Al terminar, le dio un beso en la mano y otro en la frente. Entonces a él le dio una especie de ataque de risa. La madre, contagiada por su copiloto, rompió también a reír a carcajadas. Y yo, que me sentía como un espía, a punto estuve de unirme al coro.

El la radio del coche tres o cuatro contertulios muy enfadados decían barbaridades sobre la crisis, el gobierno y no sé qué mas. Decidí apagarla mientras el semáforo se ponía verde.

Llegué al colegio con una sonrisa nueva en los labios.




11 comentarios:

Anónimo dijo...

No sólo las cosas grandes y majestuosas son las que nos provocan la felicidad en la vida. Son esas cosas que siendo pequeñas llegan a ser grandes gracias a un pequeño gesto de amor.
En Quito ha ocurrido un accidente aéreo el día jueves por la tarde. Elevemos una oración por aquellas almas que ahora participan de Dios. "Algo pequeño que, para los que estan arriba, es un gesto grande".

Jose dijo...

Evidentemente la crisis afecta de diferente manera a cada uno de nosotros... Yo también termino apagando...

Buenos dias.

INÉS dijo...

Estos niños, que además lo son siempre, son un regalo.
Es tremendo que se valore la vida en función del grado de inteligencia o de capacidad intelectual ¿Dónde dejamos la capacidad de querer? ¿Y la capacidad de hacer felices a los demás? Ellos la tienen superior a cualquiera.

Isa dijo...

Me lo imagino totalmente, qué tierno...La verdad es que son las cosas pequeñas de cada día las que nos hacen ser felices: las sonrisas de los demás, sus detalles, una simple pregunta por algo nuestro...eso es lo que de verdad vale...

Anónimo dijo...

Yo creo que en esta realidad tan dura necesitamos mucha ternura. Y aunque todos podemos proporcionarla y recibirla hay fuentes frescas y maravillosas como estos chicos,los niños y los bebés. Entre otras muchas cosas por eso son tan enriquecedores y dan más que reciben.

Yuria dijo...

Estas personas son un testimonio transparente del amor de Dios.
Y también sus familiares que así los quieren.

(Hace días yo presencié una escena contraria a ésta. Fue en una cafetería donde voy a veces. La chica de unos 30 años no estaba bien y la madre o quien fuera (parecía un familiar, eso seguro) se avergonzaba de la torpeza de la chica. Me disgustó la actitud de sea mujer).

lolo dijo...

Esa es la mirada que yo quisiera tener siempre. Creo que es con la que Dios nos mira.

Adaldrida dijo...

gracias, Don Enrique.

susana dijo...

Esa es una de las cosas que más me han sorprendido desde que soy madre de una niña con discapacidad, y es que soy más feliz! cada día es un regalo, cada avance una fiesta, cada una de sus risas un milagro... pero si he celebrado ya más cosas en dos años que en los treinta anteriores!

Y se lo quieren perder...

Anónimo dijo...

Me ha encantado lo de evidentemente era su hijo. No soy madre, pero me gustaría que el día de mañana, si tengo hijos, sea capaz de tratarles con tanta ternura y cariño que cuando alguien me vea sepa que "evidentemente es mi hijo".
Gracias :)

Fernando dijo...

Hola Don Enrique, no lo conozco aunque sí me suena su nombre. He encontrado su blog de casualidad. Me ha gustado mucho esta entrada. Yo tengo una niña autista, al igual que el niño de su historia la felicidad que nos dan no está al alcance de todos. Usted estuvo en el sitio adecuado en el momento adecuado para poderla compartir.
Un abrazo, tiene un blog muy bueno.