sábado, 15 de noviembre de 2008

Tamara tiene una relación


Asidas a la misma barra en un vagón del Metro, dos chicas cargadas de libros hablan de sus cosas. Yo estoy a tres palmos y me es imposible no oírlas.

—Había algo, ¿verdad? —pregunta una—.

—Bueno; teníamos una relación, pero lo hemos dejado. Ahora tengo otra relación en plan bien con Moncho… Sí, mujer, aquel chico supersimpático que estaba con Mati.

—¿El amigo de Tono? Pero, ¿no tenía una relación con tu cuñada?

Al llegar a este punto el tren se detiene; se abren las puertas y las dos amigas salen al andén. Vuelve el silencio. Casi nadie habla en el Metro a primera hora de la mañana.

Aún quedan cuatro paradas para llegar a mi destino, pero no sigo leyendo. La frase “tener una relación” empieza zumbarme en el oído como un moscardón.

Hace tiempo escribí aquí mismo sobre “la pareja”, y me atreví a sugerir que ese término se utilizara siempre con su correspondiente aclaración: pareja de ases, de medios volantes, de bueyes, de guardias civiles, de novios, de recién casados, etc., ya que la precisión siempre es virtud, y la tendencia a llamar “mi pareja o tu pareja” a cualquier ser humano del mismo o distinto sexo con el que se tenga un nexo sentimental (léase carnal), contribuye a empobrecer el lenguaje y enmarañar las cosas. A uno le parece ilícito que el idioma iguale lo que es desigual en la naturaleza.

Han pasado pocos meses, y “la pareja” no ha perdido fuelle; pero ahora lo que se lleva es “tener una relación”. Al menos esa es la expresión de moda en el marujeo mediático de la radio, la tele y la prensa cardiaca. Las dos chavalas del metro no hacían sino asumir con entusiasmo ese lenguaje, quizá porque les suena mono y es guay.

Cuando decimos que Tamara “tiene una relación” (con Borja, pongamos por caso) no significa exactamente que sean amigos, novios o cónyuges; ni siquiera amantes, que es vocablo preciso, aunque política y socialmente incorrecto. Tampoco equivale a “tener relaciones”, que fue una expresión frecuente en otro tiempo. Esas “relaciones” —en plural y sin artículo— equivalían al noviazgo en fase inicial y tenían un fin concreto: el matrimonio.

“Una relación” es otra cosa. Es lo menos que uno puede tener. Si Felipe “se echa novia” (he aquí otra expresión arcaica), a partir de ese momento él mismo se convierte en novio, o en “prometido”, que dirían nuestros padres. Y si lo que tiene es una amiga o una esposa pasará a ser amigo o marido. Sin embargo tener “una relación” ni altera ni compromete: es algo epidérmico, es amar a lápiz, en papel borrador.

—Pepe, te presento a mi madre. Aquí, mamá. Aquí…, una relación.

El bueno de Forges escribió hace años algo parecido en un chiste: un narizotas, flanqueado por dos poderosas matronas, decía “aquí mi mujer; aquí una circunstancia”. Ahora parece como si algunos quisieran convertir sus amores en meros complementos circunstanciales.

Nótese, por ejemplo, la importancia del artículo indeterminado que siempre precede a la famosa “relación”. Nadie dice que tiene “una” novia, salvo que dé por supuesto que pronto tendrá “otra”. Los novios no se numeran. De ahí que la presencia de ese artículo contribuya a hacer aún más ligera la expresión.

—Bueno, ya se sabe que a la gente joven no le mola el lenguaje solemne…

Es cierto; pero el habla de la gente siempre es reveladora. En este caso se trata sólo de un síntoma más de un fenómeno conocido: el de la banalización de las relaciones sexuales.

En los últimos años el trato sexual ha crecido vertiginosamente. De ahí que el sexo se haya convertido en muchos ambientes en algo fútil, corriente y nada misterioso. La famosa revolución sexual de los sesenta, que prometía paraísos de felicidad a los que tuviesen el valor de liberarse de tabúes, ha desembocado en esto. El intercambio sexual ya no compromete. El cuerpo ha dejado de ser sagrado como lo es el alma. La propia entrega no es entrega, sino préstamo o alquiler. Al final sólo queda “una” relación. Por eso estimula tanto comprobar que aún existen amores apasionados, novios que sólo sueñan con un matrimonio eterno e indestructible.

Como aquella niña… ¿Cómo se llamaba? Un día me dijo que estaba superenamorada de Luis:

—Hemos decidido casarnos el 23 de mayo del 2015, que cae en sábado. Pero no se lo diga a nadie. Es un secreto. ¿Nos casará usted?

Ya veremos. De momento sólo tienen 25 años…, entre los dos, por supuesto. Y no se les ocurrirá decir que entre ellos hay sólo “una relación”.




8 comentarios:

Anónimo dijo...

Me he acordado de una vieja peli, "Cómo está el servicio", en la que las chicas modernas no tenían novios, sino "una amistad". Vuelve lo retro, no? así que también Concha Velasco y Gracita Morales, ya lo verá! Nihil novum!
Eva (gracias por su respuesta fama-lingüística en el otro post)

Orisson dijo...

A mi me gusta lo de "una relación". Como lo de "mi pareja". Y aún es más chulo lo de "cónyuge A" y "cónyuge B".

La trivialización del sexo, o exáctamente del acceso carnal, universaliza tanto la fornicación que termina por ser mecánica, es lo que toca, qué si no. Y por lo tanto también termina por ser aburrido.

Y como todas las cosas aburridas, especialmente en la época del no-compromiso, se termina por abandonar, por rechazar, por evitar.

Por lo que, de seguir con las "relación", "pareja" y "cónyuge X", llegará un momento que el fornicio se abandone de manera vertiginosa.

De acuerdo que será por tedio y no por castidad, pero Dios escribe recto con renglones torcidos.

O a lo mejor son calenturas de mi mente...

Un saludo

Enrique Monasterio dijo...

Creo que te equivocas, orisson: el el hastío jamás ha llevado a la virtud, sino a experimentar nuevas aberraciones. No por echar mucha carne a las fieras, éstas se harán vegetarianas.

Yuria dijo...

Copio de su post:
"El intercambio sexual ya no compromete. El cuerpo ha dejado de ser sagrado como lo es el alma. La propia entrega no es entrega, sino préstamo o alquiler. Al final sólo queda “una” relación."

Es muy grave y penoso.

Sigo copiando:
"Por eso estimula tanto comprobar que aún existen amores apasionados, novios que sólo sueñan con un matrimonio eterno e indestructible".

Menos mal, y afortunados ellos.

(feliz retiro en Molinoviejo)

Orisson dijo...

Recibido, don Enrique. ¿Pero podría ser que el hastío provoque una duda existencial que lleve a la verdad? Cogido por los pelos, se me ocurre san Agustín.

Usted dirá.

Un saludo

Enrique Monasterio dijo...

San Agustín fue un vividor, desde luego, pero sobre todo, un apasionado buscador de la verdad. Y llegó a ella, no por haber pecado demasiado, sino por buscarla con todas sus fuerzas. Y por las oraciones de su madre.

Orisson dijo...

Vale. Definitivamente me la envaino. Siento las molestias (pero no mucho, ¿eh? jejeje).

Un saludo

Isabel Riñón dijo...

Mi madre ha observado y establecido una teoría que yo he comprobado. En León, entre la gente adulta, se presentan a los novios como "un amiguín", "una amiguina". Es cierto que aquí el diminutivo se termina en -in e -ina, pero ¿cómo sonaría entre personas de más de 60 años decir "un amiguito"?. Pues así lo hacen. El resultado es cursi e infantil.

El noviazgo supone ya un cierto compromiso, así que no es fácil dar un nombre al paso previo. Si yo estuviera en su situación, creo que no le daría ningún nombre especial. Decir "un amigo" es decir algo obvio, puesto que si no fuera amigo no estaría con él.