viernes, 16 de abril de 2010

Elogio de la rutina


Trabaja
14 horas al día; 6 en casa y 8 fuera. Tiene cinco niños, un suegro enfermo y una asistenta ecuatoriana un poco lenta, pero cariñosa. Su marido ayuda poco, la verdad, aunque, según dice, es muy bueno. Pongamos que se llama Lola, que es un nombre como cualquier otro.

Me cuenta que a media tarde se escapa a la iglesia de enfrente y hace un rato de oración en la capilla del Santísimo.

—Sin eso no podría aguantar la tensión —asegura—. Es mi descanso, pero a veces me duermo.

Al salir, reza el rosario por la calle y en el autobús.

—Lo malo es la rutina; no consigo estar pendiente de las avemarías.

Le aconsejo que dé gracias a Dios por esa rutina. Gracias a ella, el Rosario es una melodía sencilla que nace sin esfuerzo en los labios mientras la imaginación vuela hasta el cielo.

Las tareas más importantes de la vida ordinaria salen adelante gracias a la rutina, a la buena querencia que se ha ido creando a base de repetir día tras día las mismas cosas. Hace falta mucho empeño y mucha voluntariedad actual para que vayan cimentándose unos hábitos que facilitan la existencia y permiten rebajar la tensión. Sin ese acostumbramiento, la vida sería insoportable. Llegaríamos agotados al final de la jornada. Desde la primera hora de la mañana, vivimos, gracias a Dios, en un carrusel de pequeñas rutinas adquiridas libremente. Hemos aprendido a ponernos en pie, a ducharnos, a peinarnos, a vestirnos, a hacer la cama, a preparar el desayuno casi sin pensar en lo que hacemos, y no por eso el donuts sabe peor. Los besos que Lola da cada mañana a su marido y a sus hijos quizá sepan a Cola-Cao, pero ellos los necesitan igual que la primera vez.

—Pero en la oración —insiste— siempre he oído que no hay que dejarse llevar por la rutina.

De acuerdo, pero sin agobios. Hace ya muchos años, un famoso campeón del mundo de rallies, asistía a una tertulia con universitarios en las afueras de Madrid. Uno de aquellos chavales le preguntó:

—¿Qué se siente cuando vas a comenzar una carrera y están todos los coches a punto, con el motor en marcha en la línea de salida…?

El campeón le miró con cierta guasa, y respondió:

—Yo tengo la inmensa suerte de ganarme la vida con algo que me apasiona. Pero no te engañes; en el fondo, soy sólo un mecánico especializado. El 90 por ciento de mi trabajo es rutina: oír como suenan los motores, buscar soluciones, apretar tornillos… Gracias a eso, cuando llega el momento de la verdad puedo centrarme en la carrera. A ti te ocurrirá lo mismo: la profesión más absorbente del mundo se compone de un noventa por ciento de rutina y un diez por ciento de emoción.

He recordado esta anécdota muchas veces, sobre todo cuando me vienen a la memoria los primeros años de mi trabajo sacerdotal. Por entonces todo era nuevo y apasionante: desde la mañana a la noche, cada gesto era original; la vida era un estreno permanente. Cada meditación, cada plática, cada consejo que daba en el confesonario, cada ceremonia litúrgica me mantenía en tensión, antes y después, durante horas… Hasta que llegó la rutina.

La rutina se impuso poco a poco. Yo traté, como todos los sacerdotes, de que no invadiera el núcleo fundamental: la Santa Misa, los Sacramentos, el gesto tremendo y solemne de tener a Jesucristo en las manos y el de absolver los pecados, pero doy gracias a Dios que me permite hacer mil cosas sin esfuerzo.

—Entonces, ¿usted es partidario de las devociones rutinarias?

—Yo soy partidario de poner el corazón en todo, incluso en las rutinas cotidianas, y no crearse escrúpulos bobos: prefiero un beso rutinario a un escupitajo espontáneo y original. Yo sé que en el Cielo no habrá rutina, pero aquí…

—Es que usted va sobrao…

—No hija, no. Es sólo rutina.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

ja,ja,ja.. LA FOTO DEL BEBé!!!

Sinretorno dijo...

Me ha ayudado mucho eso de la rutina, gracias

María dijo...

Muchas gracias por este globo al que me vengo subiendo desde hace mucho tiempo. Se ha convertido también en una de mis rutinas.
Antes de abrirlo hoy, mire por donde pensaba en algo parecido.
¿Por qué la rutina diaria hace que hagamos daño ( pero del de verdad),al que tenemos más próximo?
¿Por qué mi marido me dice que me quiere casi todos los días, si luego me lo niega con sus actos?
¿Será por rutina?
María.

Anónimo dijo...

Gracias D. Enrique, me siento identificada en su post de hoy.
A mi a veces me agobia, por que me ocurre lo mismo que a Lola , y pienso que si mi fe no será verdadera.
Gracias.

Teresa dijo...

¡Genial! Está usted no sólo sobrado sino "sembrado". Me ha ayudado. Voy a reenviarlo.
¡Muchas gracias!

Almudena dijo...

Cuando era joven (ahora tengo "edad media"), me horrorizaba entrar a la iglesia llena de cabezas blancas bisbeando oraciones...
Hoy dia, cuando entro a la iglesia y veo las cabezas blancas, los bastones... me sale del alma pedir que cuando yo llegue (si llego), sea capaz de estar con mi cabeza blanca, fiel aún con el paso de los años, musitando lo que pueda. Eso sí que es amor. Aunque sea poco vistoso. Pero es que somos lo que somos y Dios lo sabe, que es lo que importa

maria dijo...

Si "Lola" fuera chilena, se llamaría María ( la mayoría se llama María ( Y VIENE EL 2º NOMBRE) . Veo que hay otra María como comentarista!! Qué Bien!!

La rutina en educación permite a los niños muchos logros, especialmente los con déficir atencional ... llegar, saludar, colgar mochilas , etc... y de ahí se forman hábitos que son tan necesarios.
La rutina nos ahorra tiempo, pues podemos ocupar parte de nuestro pensamiento en otra cosa mientras actúa el cuerpo realizando esas tareas rutinarias.

Por cierto, la foto de la guagua es genial!!

yomisma dijo...

Estoy de acuerdo con María, la chilena. La rutina ayuda mucho, sobre todo a las madres para organizar a sus hijos, en especial si son más de dos. Lo malo es cuando una madre no es muy organizada, lease yo, y ....Cuánto cuesta hacer habitos!!!!! Por cierto María, aún rezamos por vosotros. Cómo vais recuperandoos del terremoto?

Maria dijo...

Qué consuelo, procuraré recordarlo

Isa dijo...

Me ha ayudado mucho este artículo; muchas gracias.
Si la rutina se hace por amor de Dios, no es tan mala...

Juana la Loca dijo...

Querida Isa, me parece que, por los comentarios anteriores, ha quedado claro que la rutina NO es mala en si. En algunos casos se convierte en virtud.

Andrés dijo...

Pues yo hoy he roto la rutina y me he colado en su "globo", a causa de ello, me he tenido que leer unas 6 entradas para ponerme al día...

Estoy de acuerdo, pero aunque hacer las cosas importa (y en ocasiones, mucho), no olvidemos que "...el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas."

Un saludo