miércoles, 26 de diciembre de 2007

Dios se esconde en los establos.

Uno de los belenes de Marita

Hace ya varios días recibí un largo mail de Mari Luz, una chica de 25 años, redactora jefe de una importante revista en un país de Iberoamérica.

Comienza con un torrente de piropos capaz de ruborizar incluso a un tipo como yo, y continúa:

Trabajé dos años en la Oficina de Prensa de la Conferencia Episcopal de mi país. Mi Director Espiritual me decía que "conocía las entrañas de la Iglesia" y qué razón tenía (…) En mi trabajo vi de todo y no es que me escandalizara, aunque sí me dolía y me daba cuenta lo mucho que hay que rezar por nuestros obispos y sacerdotes.

Los últimos meses que trabajé ahí fueron especialmente difíciles. Cada vez me costaba más tenerles paciencia, y me entristecían (también me enojaban) las cosas que veía... En fin, cuando dejé el trabajo me alegré muchísimo, porque, aunque me gustaba trabajar en la Iglesia, me daba cuenta que me estaba afectando espiritualmente. Me costaba ver a Cristo en los sacerdotes...

Podía haber respondido personalmente a Mari Luz, pero le he pedido permiso para hacer algunas consideraciones, necesariamente esquemáticas, en el blog.

  • Los obispos y los sacerdotes estamos llamados a ser santos. El resto de hombres y mujeres, también; pero a nosotros nos toca dar ejemplo y luchar por ir a la cabeza en esta carrera hacia la santidad. Por eso es razonable que los cristianos nos exijan más, incluso que se “escandalicen” cuando ven que no damos la talla.
  • Los sacerdotes no sólo representamos a Jesucristo; nos transformamos en Él por unos segundos cuando, en el altar, repetimos las palabras de la Consagración: “esto es mi Cuerpo…”, y cuando, en el confesonario, decimos “yo te absuelvo…” Ese “yo” y ese “” son tremendos y manifiestan la grandeza de nuestra tarea.
  • Es lógico que luchemos por ser coherentes, que tratemos de vivir de acuerdo con lo que somos por haber recibido el Carácter sacramental. Nadie debe llevar una doble vida; pero menos que nadie un sacerdote.
  • Los curas, sin embargo, tenemos tantos defectos como el resto de los mortales, y, por estar en el candelero, se nos notan mucho. Somos egoístas, ambiciosos, cobardes, perezosos, sensuales, presumidos… Cuando se nos ve de cerca, esas miserias asoman como un grito estridente, y hacemos más daño del que somos capaces de imaginar.
  • Sin embargo, los hombres, como las obras de arte, deben ser contemplados a la distancia adecuada. No es posible entender un cuadro de Tiziano mirándolo a tres centímetros o rozándolo con la punta de la nariz. Para apreciarlo de verdad conviene retroceder unos pasos e incluso entornar la vista. ¿Quién sabe más de un gran científico, el que estudia a fondo sus aportaciones a la ciencia, o la persona que se ocupa de lavar su ropa interior?
  • Esos sacerdotes que te han escandalizado, querida Mari Luz, seguramente tienen tantas miserias como yo, como tú misma y como los cientos de personas que tratas habitualmente. Pero poseen algo muy grande que no han sabido mostrarte. Suele ocurrir… Cuando uno se encuentra con sus amigos, colegas o colaboradores, baja la guardia, se remanga la camisa, se queda en zapatillas. Y todas las suciedades salen a la luz.
  • Ahora que estás más lejos, trata de entornar la vista, prescinde de las pequeñas o grandes miserias que has visto y contempla sus virtudes como se examina una obra de arte que Dios mismo va forjando en el alma de sus sacerdotes.
  • Estamos en Navidad. Los pastores que se acercaron al portal no hicieron ascos al hedor del establo ni a la mayor o menor limpieza de los pañales del Niño. Supieron adorar a un Dios que, a veces, también se esconde en el estiércol.

3 comentarios:

Boo dijo...

Yo he tenido la suerte de conocer algunos sacerdotes que sólo de estar a su lado te entran ganas de ser mejor .Yo creo que es por que están muy cerca de Dios.
Pero es verdad que hay que rezar mucho por todos para que sean muy santos.

patzarella dijo...

Es verdad que a veces Dios se esconde en el estiércol..., pero dan ganas de hacerle un mejor lugar !!! ;-)

Anónimo dijo...

Sí que duele ver que el pastor no sabe el camino. Y también ver que las ovejas no aceptamos un pastor si no es "perfecto", a la medida de nuestra perfección, que nunca es la de Dios.

Qué bien hace Dios las cosa. Qué bien hizo eligiendo a Juan y a Pedro. Así, los que no nos podemos apuntar al amor imbatible de Juan, siempre nos queda Pedro.