jueves, 3 de julio de 2008

Los amigos

Elena, la niña de 13 años que me inspiró este artículo, ahora tiene algunos más y acaba de dar a luz a su segundo hijo. Con su permiso publico aquí la foto del recién nacido con Camino, su hermana mayor. Los pongo al final y en una esquina para que no se note demasiado que se me cae la baba.


—Don Enrique, ¿cuándo va a escribir algo sobre la amistad?

Elena, que tiene trece años, me lo pregunta al salir de clase.

—Ahora mismo. Y muchas gracias.

—Gracias, ¿por qué?

—Porque andaba yo buscando un tema para este mes, y acabas de dármelo.

* * *

La amistad, por supuesto, es un tipo de amor. Pero ¿de qué clase?

Hay un amor paterno (o materno), que es natural, inevitable, apasionado y más ciego que ningún otro. Hay un amor filial, más despegado que el de los padres, pero igualmente tierno y generoso. Hay un amor entre los novios al que llamamos enamoramiento, y que, más que amor, es un deseo, una promesa de amar plenamente en el futuro. Y hay un amor conyugal, que compromete para siempre el alma y el cuerpo.

Todos los amores tienen mucho común. Pero también se diferencian entre sí.

Hablemos del amor de los amigos.


La amistad procede de una elección. Hemos de querer a todos los hombres; pero sólo serán amigos los que elijamos.

La amistad siempre es recíproca. Si no es correspondida, no existe.

Es un cariño que no necesita palabras ni declaraciones. Nace y crece discreta y lentamente, sin flechazos ni compromisos apasionados. Esos amores pegajosos de los niños son simples formas de inmadurez.

La amistad no es exclusivista ni celosa: cuanto más se comparte, más se ahonda en ella.

Según un viejo proverbio latino, amicitia pares aut accipit aut facit: nace entre iguales o iguala.

Esto significa que quien tiene un amigo “importante” se siente a su vez importante.

(Hace años visité en Roma la Parroquia de San Josemaría (por entonces, del Beato Josemaría). Estaba allí el monaguillo que ayudó al Papa en la ceremonia de la dedicación de la iglesia. Me contó que había estado a solas con el santo Padre. "¿Y de hablasteis?", Le pregunté. Me miró altivo, como perdonándome la vida. "De nuestras cosas", contestó).

¿Y si el amigo es de menor categoría, más joven, menos inteligente o de condición más humilde? No importa: la amistad con los pequeños no empequeñece a los grandes; los ennoblece.

La amistad, como todos los amores, es entregar una parte de la propia intimidad. Hay una intimidad física que comparten del todo los esposos y, hasta cierto punto, los miembros de una misma familia. Los amigos participan de la intimidad espiritual: de las penas, alegrías, esperanzas, miedos, complejos… Y de dos intimidades, nace una sola.

Amigo es, pues, aquel a quien abrimos el corazón. Nuestros secretos son sus secretos. Y los suyos son nuestros.

La amistad se asocia a una virtud —la lealtad—, que consiste precisamente en no traicionar nunca esa intimidad común.

La amistad no se instrumentaliza, "no sirve para nada". Por el contrario, todo debe estar al servicio de la amistad.

Al amigo se le corrige en secreto y se le alaba en público. No lo digo yo, sino Catón. Y otro refrán latino apostilla: amici vitia si feras, facias tua. Si no corriges los vicios de tus amigos, los haces tuyos.

Y hablando de refranes, he aquí otro proverbio italiano: ama l’amico tuo col vizio suo: ama a tus amigos con sus defectos.

En consecuencia, no hay mejor espejo que el ojo de tu amigo. (Sí, lo reconozco, también es un proverbio, me temo que de Kloster o así).

La amistad, por tanto, es generosa, no pegajosa; sobria, no dulzona; fiel incluso con quien no lo es; tan necesaria para la vida que, sin ella, apenas somos personas.


—Oiga, ¿no se estará pasando?

—Me he quedado corto, Elena. Porque, hablando de amistad, no he dejado de pensar en quien siempre quiso ser nuestro amigo, y aún espera que le digamos que sí. Me refiero a Jesús, que dijo a los suyos en la última cena: "os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que me ha dicho mi Padre."

Esa amistad del Señor nace, en efecto, de una elección (nos eligió, cuenta San Pablo, antes de la creación del mundo) y fue el medio que Dios eligió para transmitirnos sus Misterios más profundos e íntimos. La Santísima Trinidad fue un secreto contado por Jesús en voz baja, como en confidencia, a sus amigos más queridos.

Nunca ha habido amigo más generoso: nos dio la vida. Ni más leal: a Judas le llamó amigo en el Huerto de Los Olivos, justo en el momento del beso traidor.

Y nos ha llamado a la amistad, para que también nosotros —en confidencia— hablemos de ese Amigo del alma a los amigos.








9 comentarios:

Laurita dijo...

Es formidable cómo ha descrito usted un sentimiento tan inmenso en tan pocas palabras. Para mí la amistad es prácticamente la forma superior de amar porque en ella caben todas. El amor filial no es nada si no existe esa confianza y esa entrega propia de la amistad: se convierte en un mero vínculo sanguíneo que nada significa. La pasión amorosa y el amor conyugal van por los mismos derroteros, si no crecen desde la amistad, son simple fuego o un papel firmado. La amistad implica una sinceridad más limpia, un respeto más depurado. Es en sí una forma de amor y un elemento cohesionador de otros amores.

Gracias, don Enrique, esta mañana intentaré pensar en lo que he leído aquí para poner paz entre unos cuantos alborotadores que tengo en el grupo de clase de 6-7 años...:)

Mariazell dijo...

Precioso post, que me hace pensar. Yo añadiría que hay que cultivarla, como las flores, porque sola no crece. Seguramente aquí es donde yo fallo...
Saludos desde el fresquito Jaén.

Fui del Opus Dei dijo...

Muy bueno, cuánto detalle en las palabras

CRIS dijo...

Me ha encantado este post.

Yo siempre me he considerado una persona que valora mucho la amistad...e intento cuidar las mías, lo cual, viviendo en una gran ciudad, con trabajo, niños, etc...no es nada fácil.

La experiencia que más ha marcado mi vida comenzó el día en que la que consideraba "mi mejor amiga", no me consideró a mi de igual manera cuando, me enfrenté a otra del grupo según "mi justicia"...y con 14 años me quedé sóla...sin amigas.

En plena adolescencia aquello me hizo sufrir muchísimo, sin embargo...el ver ahora cómo Dios se valió de ello para cambiar mi corazón y tantas otras cosas que me sucedieron desde entonces...me hace verlo en positivo.

A pesar de todo aún tengo la espina clavada de aquella chica a quien hice daño y desearía muchas veces que volviera a cruzarse en mi camino para pedirle perdón.

La amistad es un gran tesoro y no merece la pena perderla por tonterías, por orgullo...también es importante reconocer los errores y saber pedir perdón y perdonar...

Me encantaría contar más experiencias...tengo muchas...pero esto sería muy largo.

Un abrazo...como siempre, la visita...una gran ayuda

Enrique Monasterio dijo...

Gracias a ti, Cris. Visitaré tu blog

Anónimo dijo...

D. Enrique:

Los amigos para mi son los que te sujetan cuando caes, te animan cuando lo necesitas, te corriguen cuando te equivocas y se alegran contigo cuando te pasa algo bueno.

Si encima te dio la vida y dío la vida por ti que mejor amigo puedes tener.

Myriam

Anónimo dijo...

El blog de hoy me ha tocado la fibra sensible. No pienso soltar un rollo al respecto, solo hacer una pregunta. Hasta cuando hay que aguantar/perdonar a los amigos cuando demuestran que no lo son tanto? Hasta 70 veces 7? Hay muchas veces que a uno le toman por tonto por hacerlo.

riCh dijo...

Don Enrique,

Muy buen post, es un buen recordatorio para escribirle a los amigos.

Muchas veces estamos tan metidos en nuestras ocupaciones diarias que descuidamos a nuestros amigos y, en algunas ocasiones, al El Amigo.

Gracias por el recordatorio.

Saludos

Anónimo dijo...

Uff!!! Para reflexionar a fondo.. es precioso!!!
Gracias D. Enrique.
Y felicidades a Elena, por las dos preciosas criaturas y por motivar el post.