viernes, 30 de noviembre de 2007

Ahora y en la hora de nuestra muerte


¿Puedo atreverme a hablar de la muerte?

Termina el mes de noviembre. Durante estos 30 días he celebrado muchas Misas de difuntos: algunas, en sufragio de parientes y amigos fallecidos durante todo el año; otras, por personas concretas que nos han dejado durante este otoño. He procurado decir cosas distintas en cada homilía, pero siempre hemos terminado meditando una verdad muy sencilla de entender, a pesar de que se trata de un misterio: el razonable misterio de la comunión de los Santos.

La Iglesia —he explicado a los chicos de bachiller— se parece a un iceberg. No porque sea de hielo, que no lo es, sino porque, en la superficie de este mundo apenas emerge una mínima parte del total. Lo que no se ve es lo importante, como en esas montañas heladas que surcan el mar.

No se ven los miles de millones de personas que viven con Jesús y aman a Dios como Dios mismo se ama. Yo espero que sean muchos, muchos, muchos. Ojalá que estén todos allí al final. Ellos nos mandan desde el Cielo la sangre arterial que necesita el Cuerpo de Cristo en la tierra.

Tampoco vemos a los que esperan en la antesala del Cielo y se engalanan el alma para poder amar y ser amados como se ama en la Gloria. Sabemos poco de ese estado del espíritu. Sólo que habrá dolor, pero también mucha esperanza y, por tanto, más alegría que sufrimiento. Ellos necesitan nuestra ayuda, y vale la pena prestársela.

¿Y nosotros?... Sí, también he hablado de la muerte, de ese punto final al que casi nadie quiere mirar cara a cara. Hoy he dicho a los chavales que la vida, por mucho que vivamos, termina siempre a la mitad; que esto es una novela de aventuras en la que siempre faltan las últimas páginas. El “The end” no llega después de un plano general en una puesta de sol como en las películas, sino en medio de una batalla que no sabíamos que iba a ser la última.

Miguel D’Ors lo escribió en este poema:


Uno se muere así, cuando tenía
un cigarro en las manos (que aparece
humeando, después, sobre el asfalto),
cuando había una letra pendiente, un libro abierto
un cuento a medias (que los niños nunca
sabrán cómo termina);
uno se muere así, de golpe, abandonando
su ropa en el armario y sus asuntos
y su reloj parado en una hora
--la de la muerte en punto-- (o sin pararse
y entonces es más triste todavía
porque le ves seguir, infiel al amo),
y a lo mejor aún llega alguna carta
con las señas del muerto
y hace llorar de puro no saber...


Después de morir uno, mientras uno
está muriendo, se abre
una ferretería, pintan una fachada
y el muerto ya es ajeno y todo nos lo aleja.


Las yerbas del olvido
empiezan a crecer sobre su tumba.


Hay también un misterio en ese acto de dejar el mundo. Si, cuando llegue el momento, sabemos morir con Jesús y como Jesús, es decir si entregamos la vida a Dios sin rebeliones ni histerias, “voluntariamente” (aunque no sea un acto libre), mirando al otro lado con fe y con esperanza…, entonces nuestra muerte será el acto de amor más grande de esta vida. Y el alma saldrá limpia de ese trance.

Yo he visto a algunos morir así. Es como asistir a un milagro.

También he oído decir a más de uno que quieren morir sin enterarse, dormidos, anestesiados tal vez. Me dan mucha, mucha pena. Yo pido al Señor estar presente el día de mi muerte, y tener los ojos bien abiertos y el oído atento para decir un sí con toda el alma a la última llamada del Cielo.

Y por si no estoy en casa ese día, ahora, al terminar esta entrada, le digo al Señor que sí.


7 comentarios:

Rocío Arana dijo...

¡¡¡VALIENTE!!! Yo le digo al Señor que sí, pero no ahora. Es una oración cobarde la mía, pero creo que con al oírla Dios se ríe un poco conmigo.

Unamuno dijo...

¿Ahora? Nadie quiere morir "ahora". Todos piden un poquito más de tiempo. Es nuestra forma de decir que queremos ser inmortales.

Anónimo dijo...

No vale hacer llorar los viernes!!!

Morirme...en Gracia de Dios.

La forma me importa un poco menos. A fin de cuentas no es nada frente a la eternidad.

Si me gustaría dejar a mis hijos el mismo ejemplo que me dejó mi padre al morir. Difícil, difícil... Sino, rezo para que la veleta de la vida la tengan siempre bien puesta a pesar de mi ejemplo.

Sobre el purgatorio me leí un libro precioso al poco de morir mi padre, que se llama "El purgatorio, una visión particular", creo que el autor es anónimo y desconozco la editorial. Ya no tengo el libro. Voló como todo lo bueno...Describe impresionantemente "las puertas del cielo".
Un saludo. Siento extenderme.

Juanan dijo...

Qué valor. Yo quiero tener esa valentía.

Y el poema, de nuevo, me ha gustado. ¿Hay libros en los que vengan poemas así tan buenos o sólo hay uno que merezca la pena escondido en una página par?

Dominica dijo...

Yo siempre había pensado cómo me gustaría morir y como no, pero en dos años han muerto dos amigas de la manera que menos me gusta, en una UCI de hospital. ¿Con qué derecho puedo pedir el tipo de muerte?. Ahora sólo pido fuerzas para sobrellevarla cristianamente y ayudando a los demás.

Enrique Monasterio dijo...

No podemos elegir nuestra muerte, por supuesto, pero podemos aceptarla desde ahora, decir "sí" al Señor, sean cuales fueren las circunstancias y la fecha en que se produzca. Dios es nuestro Padre y nos la mandará en el mejor momento.
Quizá ese día no estemos en condiciones de mirar de frente a la muerte y de responder a su llamada; pero ahora sí podemos. Hagámoslo. Y a vivir sin miedo a nada ni a nadie.

Verónica dijo...

Bravo Don Enrique!!! Su reflexión de hoy me ha recordado la de un santo, el Cardenal Nguyen Van Thuan, que hoy celebra su santo desde el Cielo. El miraba la muerte con fe y con esperanza, t la abrazaba desde ya fueran cuales fueran las circunstancias. Gracias.