martes, 27 de noviembre de 2007

Hojas de otoño




Salgo al balcón de mi casa y contemplo el pequeño jardín que hay enfrente. Desde lo alto el panorama es magnífico. Hay un denso tapiz de hojas secas amarillas, violetas y cobrizas que dan al paisaje una singular belleza. Nunca ha estado más hermoso el jardín que durante estos días soleados de otoño, cuando el viento esmalta el césped, los setos y los caminos con tantos y tan cálidos colores. De vez en cuando, un golpe de brisa cambia las hojas de lugar y el parterre entero se renueva como un escenario giratorio en un antiguo teatro.

Hay un perro enorme que chapotea entre las hojas y las desplaza de un lado para otro, y un niño muy abrigado que lo persigue ante la mirada vigilante de su madre.

Me pregunto por qué los servicios de limpieza del Ayuntamiento quieren privarnos de este magnífico espectáculo. Esos odiosos camiones verdes que aspiran las hojas caídas y desnudan las avenidas y los jardines… Cualquier día aparecerán por aquí y lo dejarán todo descarnado y triste. Quizá no se lleven los papeles que rebosan en los contenedores ni los restos del último botellón, pero han declarado la guerra a las hojas de otoño. Supongo que habrá “razones de seguridad”. Es el valor supremo del Estado nodriza.

Hace años oí contar una historia oriental, una especie de parábola… ¿Cómo era? Hablaba de un maestro jardinero japonés que enseñaba a un joven discípulo a mantener un jardín, cuidándolo hasta en los más pequeños detalles con la pulcritud y el esmero propios de aquella cultura.

El muchacho dio por terminada su tarea y se la enseñó al anciano, pero éste le dijo que no, que aún faltaba algo importante. Por tres veces volvió al trabajo para pulir aún más la obra, y por tres veces el maestro la rechazó.

Por fin, el viejo jardinero cogió un puñado de hojas secas, entró en el jardín inacabado y las dejó caer.

—Faltaba esto, hijo mío, la hojas.

Son las once de la noche. Acabo de hacer mi examen de conciencia y he pedido al Señor que limpie de mi alma toda la porquería, que es mucha. Pero que deje la hojas secas para este otoño de mi vida.

12 comentarios:

patzarella dijo...

A mi me encanta caminar los días de otoño al atardecer y pisar las hojas secas...

Altea dijo...

WWaaaauuuu! ¡Qué chula la metáfora! Si es que el otoño es la mejor época. A Castilla le sienta muy bien, se pone guapísima.

j.a.varela dijo...

De botánico amateur: el ciprés calvo, conífera de hoja caduca propia de américa del norte, adquiere en otoño un color rojizo extraordinario. Además, como es un árbol de zonas de pantano, tiene unas raíces que suben como periscopios de un submarino.

Lo siento, la ciencia suena cursi frente a la poesía de Don Enrique.

j.a.v.

Antón Pérez dijo...

Por lo menos esos "odiosos camiones" aspiran las hojas; quiero decir, parece que hacen algo. ¿Qué me dice de esos otros aparatos utilitarios que, en vez de aspirarlas, las soplan? Levantan unas nubes de polvo descomunales, y todo lo que había en las aceras pasa a estar sobre o bajo los coches; la versión moderna de la chacha perezosa y la alfombra...

Anónimo dijo...

Hoy toca reloj de "ejecutivo" minimalista línea Hublot p. ej. No?

i.riñón dijo...

...entonces, ¿las hojas secas no son porquería?

chita dijo...

recomiendo un paseo por el Hayedo de Montejo,es un lugar precioso en otoño

Rocío Arana dijo...

¡¡¡El hayedo de Santa Teodosia!!!
Preciosa la imagen del perro, era lo preciso para completar la descripción...

Bernardo dijo...

Buenas noches, soy el típico aguafiestas nocturno, que he vuelto tras unos días de ausencia. Mi única excusa es que he estado volviendo más tarde de la oficina (se avecinan cambios) y he dedicado más tiempo a mi familia que al blog. Hoy estoy recuperando trabajo atrasado de aguafiestas.

Vengo a aguar esta fiesta defendiendo a los camiones verdes. Me gusta que aspiren el suelo porque así puedo ver (y esquivar) las cacas de los perros que acechan como minas antipersona bajo las hojas.

Espero que la mamá o el niño tuviesen en la mano una bolsita negra de plástico...

Enrique Monasterio dijo...

Bernardo, a ver si nos vemos. Tengo muchas ganas de ver cómo ha crecido tu chaval y lo guapa que se ha puesto tu mujer.
Lo que no conseguiré nunca es que pierdas tu mentalidad empírica e ingenieril.

Verónica dijo...

Me encanta este comentario de hoy (que es su ayer). Y qué grandes ideas me brinda para mi examen de conciencia... Aunque yo todavía estoy en la primavera tardía o en el verano incipiente (depende del humor). Un abrazo agradecido, como siempre.

Lucía dijo...

poetasendemocracia.blogspot.com