martes, 31 de julio de 2007

El asesino de Caperucita Roja


La historia de Caperucita Roja ha llegado hasta nosotros ligeramente adulterada. En realidad, las cosas ocurrieron como las narra el famoso cuentista austro-húngaro Heinz Kloster.
Según este autor, los padrastros de CR, hartos de soportar a la niña, decidieron enviarla al bosque con la esperanza de que cayera en manos de un asesino local, que solía rondar por aquellos parajes.
—¡Hala, rica —le dijeron—, llévale esta tarta a la abuela !
Y CR, alegre, confiada y un tanto cretina, pronto perdió el camino por corretear tras una mariposa silvestre.
(El Doctor Kloster no ignora que todas las mariposas son silvestres; pero algún adjetivo había que ponerle a la mariposita).
CR, bastante asustada, vagó durante horas por el bosque, hasta que tropezó con Rodolfo, el leñador.
—Buenas tardes, gentil leñador —saludó la niña—, ¿podrías indicarme por dónde se va al otro lado de este bosque?
A Rodolfo, que padecía del estómago, le molestaba extraordinariamente que le interrumpieran mientras trabajaba. Así que decidió engañar a CR y encaminarla hacia el Barranco del Lobo, donde tenía su guarida el asesino. Pero CR se volvió a perder y, al llegar al río, casi se topó con el lobo feroz, que, por consejo de su otorrino, hacía gargarismos todas las tardes antes de aullar a la luna.
—Buenas tardes, Caperucita —gruñó la bestia al verse descubierto—, ¿se puede saber a dónde vas a estas horas?
—A casa de mi abuelita, a llevarle esta tarta de manzana que mi bondadosa mamá etcétera, etcétera, respondió CR.
—Me temo que te has perdido, criatura —le interrumpió el animal— Toma el camino de la derecha.
Ni que decir tiene que el lobo sólo pretendía enviarla directamente a las garras del asesino. Y eso es precisamente lo que sucedió: pocos metros más adelante, el criminal cayó sobre CR y la mató.
Y colorín colorado...
Sí, reconozco que el final es un tanto desalentador; pero las cosas son como son. En todo caso, os propongo un experimento: leed este cuento a vuestros amigos, y preguntadles: ¿quién tiene más culpa del triste final de CR? ¿Sus padrastros, crueles y desalmados, por abandonarla en el bosque?; ¿el leñador, su úlcera de duodeno, el lobo feroz, o tal vez la propia Caperucita?
Me temo que las respuestas serán muy variadas. Es posible incluso que os digan que el responsable es el Ministro del Interior, la Guardia Civil o la sociedad de consumo. Pero casi nadie dirá que el mayor culpable es precisamente el asesino.
Viene esto a cuento de la propensión que todos tenemos a responsabilizar de nuestros errores a quienes sólo han tenido algún contacto con ellos. ¿Suspendemos un examen? La culpa es del profesor, que me odia; de mi padre, que no me dejó salir el viernes y me produjo una depresión superespantosa; del Ministro de Educación, que no sé para qué quiere que estudiemos estas tonterías, etc.
¿Atropellamos a una anciana?
—Mire usted, guardia: venía detrás de mí una histérica tocando el claxon, y con las obras de la esquina, uno no puede estar pendiente de todo...; no me fijé en el semáforo. Y de pronto sale esta señora, que no sé cómo las dejan ir solas por la calle, y se lanza sobre mi parachoques delantero..., que menudo abollón que me ha hecho la tía...
Y, si hablamos de pecados más corrientes: de pereza, de egoísmo, de soberbia, de sensualidad, etc., el reflejo autoexculpador funciona con idéntica precisión.
Cuentan que en el Chicago de los años treinta, un gángster de impresionante curriculum moría acribillado por la policía en pleno centro de la ciudad. El tiroteo fue sangriento: cayeron dos docenas de agentes. Y, cuando al fin fue cazado el pistolero, antes de morir pronunció unas pocas y sentidas palabras:—Esto me pasa a mí por ser demasiado bueno.
Reconozcámoslo: todos tenemos la tendencia a dar golpes de pecho en pechos ajenos. Por eso la Iglesia, que es muy sabia, nos invita a repetir por tres veces aquello de por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, mientras nos golpeamos precisamente nuestro pecho, y no el del vecino.
Ser sinceros con nosotros mismos parece fácil. Pero somos tan buenos mentirosos que, con un poco de práctica, acabamos por creernos nuestros propios embustes. Por eso, antes de hablar de sinceridad con Dios y con los demás, quizá valga la pena que aprendamos a examinarnos la conciencia y a reconocer todas las noches ante el Señor que somos los asesinos de Caperucita Roja.

4 comentarios:

Feruli dijo...

Tiene toda la razón. Pero no sé porqué siempre resulta que la culpa compartida, nos hace sentir menos culpables.

Juanan dijo...

Toda, toda la razón.

Anónimo dijo...

Existe otra opción más impersonal "La culpa la tiene el sistema..." y en ese caso incluimos a CR por ser parte del sistema.

Verónica dijo...

Magistral entrada. Tomo nota para mi examen de conciencia. ¡Gracias!