viernes, 26 de septiembre de 2008

El pirómano de Kansas City


Sevilla tiene una avenida que se llama “Kansas City”, y Kansas City tiene otra llamada “Sevilla”. Al parecer, y por razones que no se me alcanzan, las dos ciudades se hermanaron un día en solemne y municipal ceremonia.

Hace años en una ferretería de la calle Kansas City trabajaba un muchacho con gafas, al que llamaremos Manolo. Era más bien tímido, un pelín tartaja, huraño en la intimidad y de mirada miope. Manolo tampoco andaba bien de la azotea. Al menos eso diagnosticaron los forenses (a buenas horas) cuando ocurrió lo que ocurrió.

Ocurrió que Manolo soñaba con ser bombero. Era ésa su vocación y su pasión oculta. Durante años fue aprendiendo el oficio. Compró libros sobre la materia, y hasta trató de ingresar en el Cuerpo. No tuvo éxito, y entonces supuso que necesitaba un poco de práctica. Así que tomó un cubo de gasolina, roció el primer establecimiento que encontró en la calle, y prendió una cerilla. Luego la cosa se repitió… Eran incendios sin ánimo de lucro, completamente desinteresados. Es más, en cuanto llegaban los bomberos, el pirómano se prestaba a colaborar en la extinción y dirigía a la patrulla con gran tino como si se tratara del jefe…, o como si conociera bien el origen del fuego. Esto fue precisamente lo que le perdió.

Manolo ahora vive en un hospital psiquiátrico andaluz, y aún se le recuerda en la fiscalía de la Audiencia como “el pirómano de Kansas City”. Todo esto me lo contó Miguel Ángel Torres-Dulce, que, por aquellos años, era fiscal en Sevilla.

La historia es sorprendente, pero no insólita. En el fondo ni siquiera es demasiado original. Uno ha conocido a muchas personas así. Es más, cuando hago examen de conciencia, descubro en mí mismo síntomas semejantes.

Y es que, mal que nos pese, todos nos parecemos un poco a aquel otro personaje, igualmente pintoresco, del que nos habla el Evangelio de San Marcos: me refiero al endemoniado de Gerasa, que se pasaba las noches y los días gritando por los sepulcros, hasta que un día encontró a Jesús.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó el Señor.

—Mi nombre es Legión —contestó— porque somos muchos.

Casi todos los adolescentes y algunos adultos que conozco podrían dar la misma respuesta.

—Mi nombre es Legión; porque en mi cabeza anidan toda suerte de diablos y quizá de ángeles: hay un ángel idealista y un diablo pragmático; un ángel capaz de dar la vida, y un diablo que no da ni los buenos días; hay un materialista y un soñador; un sensual y un espiritualista extremo; un bombero y un pirómano; un humilde, que se considera el más vil de los hombres, y un vanidoso estúpido que presume hasta de sus miserias.

El número de personajes que cabe dentro de una sola persona se multiplica casi hasta el infinito cuando el sujeto llega a la adolescencia. Un adolescente, en el fondo, no es otra cosa que un puñado de virtudes y defectos contradictorios entre sí, que tratan de buscar acomodo en un organismo con acné.

Por eso, cuando Patricia me aseguró, con acento dramático, que se sentía la mar de hipócrita porque tenía dos vidas diferentes, podría haberle respondido:

—¿Sólo dos? Probablemente tienes cinco o seis, y no podemos descartar que aparezca alguna nueva… Pero tampoco te creas tan hipócrita: vives cada vida con plena sinceridad, como el pirómano de Kansas City, que cuando incendiaba, lo hacía a conciencia, y cuando extinguía el fuego, era el más eficaz de los bomberos.

En el fondo, madurar es sólo unir todas esa vidas y convertirlas en una sola. Éste es fin de cualquier tarea formativa: enseñar a los chicos y a los mayores a vencer a la legión de diablos que llevan dentro y a quedarse con lo mejor de sí mismos para ser hombres o mujeres de una pieza.

La tarea no es sencilla. Tan difícil es que muchos padres y educadores parecen haber renunciado a ella por completo. Piensan que, a la intemperie, los chicos aprenderán por sí mismos. Y claro que aprenden: unos se convierten en adolescentes crónicos, en inmaduros irrecuperables. Otros, matan al bombero y se quedan en pirómanos; eso sí, la mar de auténticos.

Yo pido al Señor que no me deje caer en tan peligrosa aberración. Me gustaría ser, como nos pidió San Josemaría, “sacerdote sacerdote, sacerdote cien por cien”. Pero comprendo que tengo el peligro de ser, al mismo tiempo, pirómano y bombero; de encender los corazones con mi verborrea y apagarlos bruscamente con el jarro de agua fría de mi conducta.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Es un consuelo.
Saldo de casa a las 7:55 , despues de haber discutido con mi hija de
14 años, en el camino al trabajo , voy pensando que ella puede ser angel o demonio.LLego al trabajo me conecto y leo su entrada.
Es una suerte y un consuelo.Hare éxamen por eso de ver la viga en el ojo ajeno.

Laurita dijo...

¡¡Menudo post!!

En unas semanas, yo seré una más de cuantos llevan encima esa enorme responsabilidad de salvar o no al bombero, o de extinguir o no al pirómano. Qué dificil es alcanzar el AUREA MEDIOCRITAS, y más cuando está de por medio la vida y la felicidad de la gente.

Gracias por hacerme reflexionar de esta manera, y por sus giros poéticos, siempre tan bien conseguidos.

CRIS dijo...

Efectivamente no estamos inmunizados contra nada ni contra nadie, ¿Quién dice que un día por cualquier acontecimiento no se nos puede saltar la tecla también?

Yo, desde luego me identifico con esa multi personalidad...y no es que lo haga a propósito, pero cuando me entran ganas de estrangular a alguno de mis hijos..., o de soltar un improperio al que me pincha un poco, o miro con ojos "de no misericordia, precisamente", a mi marido...

No me siento precisamente angel...

Luego también veo en mí a la persona que se sabe débil, y que confía en Dios para poder pasar por encima de todas estas cosas y arrepentirme y rectificar...y querer ser mejor y poder hacer todo con mucho más amor.

Es así...un tira y afloja, lo importante es querer hacer las cosas bien, y supongo que no creerte ni "el mejor", ni "el peor".

Un saludo

Juanan dijo...

Algo parecido viene inquietándome cierto tiempo.