martes, 30 de septiembre de 2008

En la capellanía




Te llevas bien con tus padres?

—Normal.

La chica tiene 17 años, ha empezado ya la carrera de Derecho y aunque habla con la rotundidad típica de los adolescentes, su mirada la contradice y huye en todas las direcciones. Incluso cuando me mira tengo la impresión de que en realidad no me ve a mí, sino al cuadro que hay a mi espalda.

—¿Tienes confianza con ellos?

—Con mi madre, algo. Con…, con su marido, no.

Hay un silencio un tanto incómodo. Hasta este momento no me ha explicado la situación de su familia; pero ha dejado muy claro con un solo gesto, que el hombre que vive en su casa es un extraño.

—¿Y tu padre…?

—Murió.

Ni siquiera me ha dejado terminar la palabra “padre”. Ahora está rígida, como en guardia…

—No quieres hablar de eso, ¿verdad?

—Me da igual.

La conversación se prolonga. Poco a poco me va contando que es hija única, que quiere trabajar como empresaria, pero pocas horas, sólo por las mañanas; que le gustaría tener muchos hijos, seis, siete o más: algunos suyos y el resto adoptados; que los chicos no le interesan por ahora; que habla con Dios por las noches, pero sólo para pedir.

—¿Y qué pides?

—Tengo de todo —responde como quien dice algo obvio—; pero algunas cosas sólo las da Dios, ¿verdad?

—¿Por ejemplo?

—La alegría.

Ha respondido si dudar un instante. Luego, al fin ha sonreído un poco, y entonces me atrevo a preguntar:

—¿De verdad que murió tu padre?

Silencio.

No te preocupes. Me lo contarás en otra ocasión


* La conversación es antigua; la encontré esta mañana en el congelador. La niña ha cambiado mucho desde entonces. Ahora estudia fuera de Madrid, muy lejos de su casa.

6 comentarios:

Historias del Metro dijo...

La verdad es que no me imagino lo duro que tiene que ser vivir en un hogar en el que no te sientes querido... Pero he visto los efectos en muchos niños, algunos con retrasos intelectuales provocados por la falta de atención, de estímulos...

Anónimo dijo...

Entradas como esta, siempre me llevan a reflexionar sobre la responsabilidad de la paternidad. Nos preparamos para afrontar la vida desde la perspectiva profesional, más o menos... y "cubrimos" el campo de lo material, estamos comprometidos para luchar, para conseguir y dar a nuestros hijos bienestar, en este campo es lo máximo que podremos conseguir... Pero no es el hombre -no somos- materia y espíritu? ¿y ese otro gran campo? ¿ A dónde nos lleva?..
Me parece que a simple vista, mientras los dos ámbitos no estén igual de preparados para luchar por conseguir lo que proporcionan, estaremos siendo MEDIOCRES... y es lo que transmitimos a nuestros hijos... porque nadie da lo que no tiene...

maria dijo...

Buenos días. Me ha entristecido profundamente esta conversación 'congelada'. En realidad, creo que esto forma parte de la vidad de muchos de nuestros niños y adolescentes: la profunda soledad a la que están sometidos, debido las faltas de coherencia los adultos.... Nos preocupamos de los bebés, que dependen de nosotros, nos preocupamos de los niños, de que tengan de todo; pero ¿qué hacemos de nuestros adolescentes? dejarlos a su libre albedrío porque pensamos que ya son 'sufcientemente mayores', cuando en realidad es cuando más nos necestian...

CRIS dijo...

A veces el silencio dice más que las propias palabras.

Una historia, que a los padres, nos hace, como mínimo pensar.

Saludos

Boo dijo...

Si, a mi estas historias siempre me dejan la sensación amarga de que los padres , a veces, nos llevamos por delante lo más importante que tenemos entre manos por millones de razones: unas (creo que las más) por ignorancia, otras por egoismo, por atontamiento, estupidez...
Siempre me ha parecido que tenemos muchos masters en todo y ni siquiera un cursillo rápido o un "aprenda educación en 10 días" para educar a nuestros hijos.
¡Menos mal que debemos tener un"plus" de entendimiento por paternidad/maternidad, que si no...! Y aún así cuesta ver lo que uno podía haber evitado o lo que uno podía haber conseguido con un poco más de "pesquis"

Rocío Arana dijo...

La alegría sólo la da Dios. Qué gran verdad. Esa niña sabía más que mucha gente.