miércoles, 12 de octubre de 2011

En el Corte Inglés



12 del mediodía. Sección de libros. Un hombre de mediana edad, pulcramente vestido, se dirige a mí:
―Padre, perdone; ¿me permite una pregunta?
―Dígame…
―¿Conoce algún libro sobre esa historia de un chico que se fue de casa y luego volvió a pedir perdón…?
Tardo unos segundos en caer en la cuenta.
―¿Se refiere a una parábola? ¿Al hijo pródigo?
―Sí, debe de ser ésa. La he oído en la iglesia y me ha parecido interesante…
En la sección de libros religiosos encuentro dos: “el regreso del hijo pródigo”, de Nouwen, y “el hijo pródigo” de Chevrot.
―¿Cuál me recomienda?
Al fin se lleva los dos.
―Es que me interesa mucho esta historia ―asegura en voz baja―.


13 comentarios:

Pollo con almendras dijo...

¿Se sentirá identificado con el Padre, con el hijo pródigo o el hermano?

Mercedes dijo...

Don Enrique, sepa usted que cada vez que nos cuenta algo que le ha sucedido por ir vestido de cura pido a Dios que le bendiga y que de paso ilumine a otros sacerdotes que no sé qué les pasa que no se ponen de curas ni por equivocación. ¡Cuántas oportunidades de hacer el bien que se quedan por el aire perdidas...! Ya sé que el hábito no hace al monje, pero ayuda a reconocerlo.

Cordelia dijo...

Un chico que se fue de casa... Menudo ojo el suyo, porque yo no sé si se me habría ocurrido.
Y menudo peso llevaría el hombre encima para "asaltar" a un sacerdote en el Corte Inglés.
Estas cosas le pasan por llevar el "uniforme". Gracias a Dios.

Miriam dijo...

Yo tampoco hubiera acertado...
Es genial como puede tocar la vida de una persona, lo que dice el sacerdote en la iglesia, que un cura vaya de negro y un señor escriba un libro.
Puede que esas tres cosas, combinadas, le lleven a volver a casa.
¡qué impresión¡
y lo que se debe reir Dios, cuando decimos, "¿esto para qué lo voy a hacer? si total, da igual. No cambiará nada" , y al final lo hacemos (si no lo hacemos, igual no se rie tanto)

Antuán dijo...

Nuestro hijo, hermano en este caso sabe el camino de vuelta y no tiene reparos en ir y volver las veces que haga falta sabe que su madre sufre por el: ¿donde estará este hijo?... ¿que comerá? ... ¿donde dormira? mi padre que al perder uno enfermo fue el que le dijo a Dios me has quitado una cruz, dame otra. y es cuando apenas cumplidos los 18 se fue de casa y le dijo yo te pago el viaje de ida, el de vuelta te lo pagas tu. Ahora desde el cielo cuidará de que no se pierdasi ya tenia un angel su hermano mayor segun el, ahora los dos estaran pendientes. A mi es la historia que más me gusta.Adiosle

Anónimo dijo...

Pido oraciones por la catequesis de la iglesia de Saint James en Londres y por la catequesis de la parroquia de mi cuñado que es sacerdote en un pequeño pueblo de Toledo. El día de San Lucas lee la tesina sobre el dolor en la doctrina de Juan Pablo II. No tiene que ver mucho con la entrada pero al leer lo que dices Miriam, no he podido dejar de hacerlo.

Anónimo dijo...

Mi tía dice que en el Corte Inglés uno encuentra de todo... hasta curas como Dios manda!!!

Vila dijo...

Yo me leí “el regreso del hijo pródigo”, de Nouwen, hace un año –y veo que Pollo con almendras también lo ha leído. En esa época a mí también me vino como anillo al dedo.
Es un libro fabuloso, y esa constante evocación al cuadro de Rembrandt; en fin, me gustó muchísimo y lo recomiendo abiertamente (si alguien acepta mi poca experta opinión claro…)

La parábola del hijo pródigo es sin duda alguna la parábola (y el pasaje) que más me gusta del evangelio. De hecho me hubiera gustado que hubiese sido la lectura del evangelio en mi boda, pero a quien se lo comentaba me tiraba por tierra jocosamente la idea: que no pega ni con cola, que la tradicional es la de la caridad y el amor… Incluso el testigo privilegiado más importante del sacramento tampoco me apoyó, así que desistí por vergüenza a defender mi opinión.
Pero sigo pensando que esta parábola se aplica al matrimonio de una manera clarísima: pienso que en la vida en común entre dos personas que se aman hay siempre desencuentros, enfados, cabezonerías incluso verdaderos cabreos o a veces, por desgracia, también falta de respecto (o algo más…). Siempre he aplicado esta parábola en la necesidad que tenemos de reconocer ante el cónyuge el error cometido, pedirle perdón con la mayor humildad que sea capaz y empezar de nuevo: con un borrón y cuenta nueva, sin deudas apuntadas, para mantener y cuidar el amor entre ambos.

Digáis lo que digáis me da pena no haber defendido mi postura hace 18 años. Cuando celebre los 25 (si Dios quiere) plantearé razonadamente la cuestión al de nuevo testigo privilegiado del aniversario, que me gustaría que fuese el mismo que antaño claro.
¿Capichi?

Carolina dijo...

también esta el libro que habla sobre la pintura de Rembrant, creo que se llama tal cual: "El hijo pródigo" ese también se lo hubiera recomendado... saludos

Carlos García dijo...

Parece que estamos todos de acuerdo. No hay commo ir de negro para que le asalten a uno los 'buscadores de Dios'. Gracias! Lo cierto es que hay una explicación reciente muy bien traída, que vale la pena conocer:
'El sacerdocio abarca toda la existencia del presbítero. Precisamente por esto, porque ha de aparecer real y constantemente disponible, se le ha de reconocer fácilmente, y el traje sacerdotal lo distingue de modo claro. En la sociedad actual —muy ligada a la cultura de la imagen y, a la vez, quizá alejada de Dios—, la vestimenta sacerdotal no pasa inadvertida'. Pues eso.

Dani Morcillo dijo...

Es que es muy buena historia. Yo la modifiqué para contarla como cuento a mis niñas antes de ir a dormir un día que se habían portado especialmente mal con su madre (no querían ir a comer porque estaban jugando con las barbies). "La hija pródiga": le pidió todos sus juguetes a papá y se fue a la calle a jugar, y cuando llegó la noche y empezó a tener hambre y frío se acordó, y volvió pidiendo perdón. Fue muy efectivo.

Cordelia dijo...

Dani, muy, muy bueno. Me lo apunto para futuras necesidades.

Clara dijo...

Madre mía con la hija pródiga de Dani Morcillo, pinta maneras.

También es mi preferida la parábola del hijo pródigo. Me gusta contársela a mis hijos, y estirarme en los detalles del padre esperando cada día a su querido hijo perdido.