martes, 22 de diciembre de 2009

La cuenta atrás (III)

Mi amigo Juan Durán me envía desde Valencia este "cuento realista" de Navidad. Le ha puesto un título muy largo: "el pastorcillo que tenía un establo sucio pero lo limpió".

Puestos a limpiar, yo he limpiado un par de notas a pie de página que, a mi juicio, no hacían falta. Espero que me perdone.



Un pobre pastorcillo sacaba cada día a pastar a su mula y su buey; al atardecer los encerraba en el establo.

Acababa de levantarse de la siesta cuando se le apareció un Ángel y le dijo: Hoy a medianoche, en tu establo, nacerá el Salvador, que es el Cristo, el Señor.

El pastorcillo, todo hay que decirlo, era muy piadoso y muy inteligente: por lo tanto, no se extrañaba demasiado de las cosas maravillosas, que le superaban. Se puso a pensar y se dijo: Habrá que hacer algo, aquello debe estar hecho una porquería. Y acto seguido se encaminó al lugar.

Desparramó agua por el suelo y barrió a conciencia. Quitó la paja vieja del pesebre y la puso nueva. Fue buscando resquicios por los que podían entrar corrientes de aire y los tapó. No sabía qué más hacer, hasta que tuvo una idea: cortó en el campo ramas de romero olorosas y las echó por el suelo del establo. Y se fue a casa, cuando ya estaban saliendo las estrellas.

Cenó –poca cosa: unas nueces, unos higos, un vaso de leche- y se acostó. Pero serían alrededor de las once cuando se despertó. Miró por la ventana de su dormitorio (el establo no quedaba muy lejos) y vio un burro de cuyo ronzal tiraba un hombre, y una mujer que cabalgaba en el jumento, y un perro.

Su corazón le dijo: Son ellos, ya están aquí.

Estuvo mucho, muchísimo tiempo en el silencio, solo, rezando, adorando, mirando extasiado hacia su establo, del que salía el resplandor de un fuego que sin duda el hombre había encendido.

El pastorcillo ya no se durmió, y nada más amanecer cogió un queso y su pandereta y corrió y corrió.

-¿Se puede?, preguntó ante la frágil puerta algo entreabierta...

-¡Adelante, Shalom!, le contestó la joven voz del hombre.

La mujer, destapándole un poco la carita, le mostró al niño, mucho más bonito que la mayoría de los recién nacidos. Y el pastorcillo rezó según su costumbre, allí mismo, a media voz:

-Shemá Yisrael, Adonay Elohenu, Adonay Ehad… (Escucha, oh Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno).

Ella, la mujer, con una sonrisa luminosa, miraba al pastorcillo asintiendo y como si le conociera desde siempre. Le acarició la mejilla con una mano suave a la vez que de jovencita trabajadora.

Contemplando embobado al niño, haciendo recados al hombre, estuvo el pastorcillo horas sin fin que se le fueron volando Su hermano mayor tuvo que ocuparse del ganado, no se explicaban dónde se había metido. Cuando apareció y lo contó todo, le faltó tiempo a la familia para acercarse presurosos al establo con cosas útiles y regalos. El abuelo recitaba salmos entre lágrimas de alegría.

Juan Durán López

6 comentarios:

Gonzalo dijo...

Don Enrique, espero que perdone el atrevimiento. Este comentario no es para que lo apruebe, sino para hacerle llegar una historia de Adviento que yo escribí hace unos días. Al leer la de su amigo me he decidido a enlazársela porque me gustaría mucho que usted la leyera.

Aprovecho para darle las gracias por los ratitos que me hace pasar a diario. Me hacen mucho, mucho bien.

El enlace:

http://blogs.andalunet.com/gonzalo/2009/12/17/en-el-silencio-de-la-noche-una-historia-de-adviento/

Muchas gracias otra vez.

Isa dijo...

Me ha encantado el cuento; yo también quiero tener esa capacidad de adoración, de anonadarme ante el Niño que dentro de poco nacerá entre nosotros...Pediré ayuda al pastorcillo...

Gonzalo dijo...

Ups... mi intención no era utilizar su bitácora como panel de anuncios, Don Enrique... Por eso se lo mandaba "para consumo interno".

Espero no molestar.

Almudena dijo...

Gracias a Juan por escribirlo y gracias a usted por publicarlo. Está muy bien

Yo dijo...

Gonzalo, muy bonito. Gracias por compartir.

Maria dijo...

Preciosas ambas historias, muchas gracias a los tres.